15 de septiembre
Actualizado: hoy a las 8:00 am
Invertir con perspectiva global
Invertir globalmente no solo ayuda a reducir riesgos, también amplía la capacidad de participar en historias de crecimiento que se están desarrollando en distintas partes del mundo. A medida que las economías evolucionan y los ciclos de mercado cambian, contar con una exposición internacional bien estructurada se convierte en un elemento clave para construir portafolios resilientes y dinámicos.
La fortaleza del mercado bursátil de Estados Unidos durante la última década ha sido indiscutible y ha ofrecido retornos excepcionales. Sin embargo, la historia de los mercados globales nos enseña que el liderazgo económico es rotativo y que las oportunidades tienden a surgir en distintos lugares a lo largo del tiempo. Tener una perspectiva global permite a los inversionistas capturar el potencial de crecimiento de economías que hoy podrían estar subvaluadas o atravesando fases de expansión acelerada. Se trata de ampliar la mirada y reconocer que, en un mundo interconectado, el valor y la oportunidad pueden encontrarse en mercados que quizás antes no estaban en el radar. Las dinámicas recientes ya reflejan claramente esta tendencia. Como se observa en la siguiente gráfica, las acciones internacionales han superado al S&P 500 en lo que va del año, una señal de que diversificar globalmente es una decisión cada vez más relevante para quienes buscan construir portafolios sólidos y preparados para el futuro.
Estamos ante un momento oportuno para explorar por qué la exposición global es esencial en toda estrategia de inversión a largo plazo. Primero, abordaremos por qué muchos inversionistas mantienen una asignación internacional insuficiente —en parte por el sesgo de país de origen—. Después, profundizaremos en el valor que la diversificación global aporta a las carteras y por qué una inversión sólida debe considerar activos internacionales como parte integral de su diseño.
El sesgo de país de origen: No ser miopes ante la oportunidad
Los inversionistas tienden a confiar en lo que conocen. Es un instinto natural: lo cercano parece más seguro, más controlable. Esta inclinación, conocida como “sesgo de país de origen”, ha llevado a muchos a construir portafolios que giran casi exclusivamente en torno a sus mercados domésticos. En Estados Unidos, por ejemplo, no es raro que una cartera esté compuesta en un 80% o 90% por acciones y bonos locales. Después de todo, es el mercado más grande y uno de los más líquidos del mundo. Sin embargo, no todo está ahí.
Estados Unidos representa cerca del 64% de la capitalización bursátil global, eso también significa que alrededor del 36% del mercado mundial1 está siendo ignorado cuando no se incorporan activos internacionales. Y, si miramos más allá de las bolsas de valores y nos enfocamos en la economía real, el panorama es aún más claro: la economía estadounidense representa el 26%2 del PIB global.
Este comportamiento no es exclusivo de Estados Unidos. En casi todos los países, los inversionistas tienden a concentrar su capital en casa. Pero cuando un mercado ha tenido años de fuerte desempeño —como ha sido el caso estadounidense— la tendencia a mirar hacia afuera se debilita aún más. A pesar de esto, la historia nos ha repetido una clara verdad: ningún mercado lidera para siempre.
Los que nos muestran los ciclos
Durante los últimos 15 años, las acciones estadounidenses han acaparado la atención, pero no siempre fue así. La historia financiera está llena de periodos en los que el liderazgo cambió de manos:
- 1970 a 1980: Las acciones japonesas, impulsadas por el auge del Nikkei 225, vivieron un crecimiento sobresaliente y superaron de manera sostenida al mercado estadounidense, hasta que la burbuja colapsó a comienzos de los años noventa.
- 2000 a 2010 (la “década perdida” para Estados Unidos): Mientras el S&P 500 registró un retorno real negativo durante este período, las acciones internacionales —particularmente en los mercados emergentes— ofrecieron ganancias significativas. El índice MSCI Emerging Markets obtuvo rendimientos anualizados superiores al 10%.
- 2002 a 2007: En los años previos a la crisis financiera global, las acciones de mercados desarrollados fuera de Estados Unidos —principalmente Europa y Asia— lograron superar consistentemente al mercado estadounidense.
- 2017: En un año positivo para la renta variable global, los mercados internacionales ofrecieron mejores resultados, con el índice MSCI All Country World ex-USA obteniendo un rendimiento del 27.2%, frente al 21.8% del S&P 500.
Más allá de Estados Unidos
En los últimos años, las acciones de Estados Unidos, impulsadas principalmente por las grandes empresas tecnológicas, han superado significativamente a los mercados internacionales. Factores como el sólido crecimiento de las ganancias, la innovación constante y una política monetaria expansiva han respaldado este liderazgo prolongado. Sin embargo, suponer que esta tendencia continuará de manera indefinida puede ser una expectativa arriesgada. Existen diversas razones que invitan a mantener una mirada más escéptica:
- Diferencias de valoración: Las acciones estadounidenses, particularmente las que componen el S&P 500, operan actualmente con múltiplos precio-utilidad (P/E) históricamente elevados en comparación con los mercados internacionales. Este diferencial sugiere que, desde una perspectiva relativa, las acciones globales podrían ofrecer mejores oportunidades de valor.
- Tendencias cambiarias: La fortaleza del dólar estadounidense ha actuado como un viento de cola para las inversiones locales. Sin embargo, los ciclos de divisas tienden a revertirse. Un debilitamiento del dólar podría mejorar los rendimientos de las inversiones internacionales para los inversionistas estadounidenses. De hecho, al momento de redactar este análisis, el dólar ha registrado una caída en lo que va del año, impulsada por factores como las tensiones comerciales y ajustes en la política monetaria.
- Rotación natural del liderazgo de mercado: Así como Estados Unidos lideró durante la década de 2010, otras regiones marcaron la pauta en ciclos anteriores. La historia muestra que liderar el mercado financiero viene con fecha de caducidad, esperar que la supremacía sea permanente podría impactar negativamente.
¿Qué nos muestra Japón?
El caso del mercado japonés es una de las historias más emblemáticas sobre cómo el liderazgo global puede ser pasajero. Durante la década de 1980, Japón vivió un auge sin precedentes: su mercado de valores y su sector inmobiliario crecieron de manera acelerada, impulsados por la expansión económica y la toma de riesgos. A finales de esa década, las empresas japonesas dominaban los rankings globales y el Nikkei 225 alcanzó un máximo histórico cercano a los 39,000 puntos en diciembre de 1989. En su momento más alto, Japón llegó a representar más del 40% de la capitalización bursátil mundial, superando incluso a Estados Unidos en valoración.
No obstante, el ascenso no fue sostenible. La burbuja especulativa alimentada por un endeudamiento excesivo terminó por colapsar a principios de la década de 1990. El país entró en lo que hoy se conoce como las “décadas perdidas”, caracterizadas por crecimiento estancado, deflación persistente y mercados bursátiles deprimidos. El Nikkei 225, que había alcanzado máximos históricos apenas unos años antes, pasó más de una década luchando por recuperar terreno, llegando a caer por debajo de los 8,000 puntos a inicios de la década de 2000. Solo recientemente, el mercado japonés ha dado señales claras de recuperación. En el 2024, el Nikkei 225 finalmente superó sus máximos anteriores, beneficiándose de reformas corporativas, una mayor eficiencia en la rentabilidad de las empresas y un yen más débil que ha favorecido a los exportadores. Esta recuperación tardía es un recordatorio valioso de la naturaleza cíclica de los mercados y de que ninguna economía mantiene el liderazgo de forma indefinida.
Aquí una gráfica que ilustra el desempeño del Nikkei desde finales de la década de 1970 hasta la actualidad. Aunque es improbable que Estados Unidos siga un patrón idéntico, este ejemplo subraya la importancia de diversificar globalmente y proteger las carteras frente a escenarios de concentración excesiva.
Los bonos internacionales
Diversificar globalmente no solo implica mirar acciones fuera de casa, los bonos internacionales también desempeñan un papel crucial en la construcción de portafolios sólidos y balanceados. Su valor va más allá de la estabilidad: es una herramienta que abre nuevas fuentes de rendimiento y diversificación.
- Bonos de mercados emergentes: Estos instrumentos suelen ofrecer rendimientos superiores a los bonos del Tesoro de Estados Unidos, reflejando tanto el riesgo como el potencial de crecimiento de las economías en desarrollo.
- Bonos de mercados desarrollados: Aunque tienden a ofrecer tasas más bajas, los bonos emitidos por países como Alemania, Japón y Australia pueden actuar como refugio en escenarios de desaceleración económica en Estados Unidos y contribuir a una cartera más diversificada.
- Diversificación cambiaria: Incluir bonos internacionales permite reducir la exposición exclusiva al dólar estadounidense. Además, puede ofrecer una cobertura natural frente a la inflación local o ante periodos de debilitamiento de la moneda estadounidense.
Entonces...
Estados Unidos ha liderado los mercados en la última década y media, pero la historia nos recuerda que ningún mercado está hasta arriba para siempre. Concentrar las inversiones en una sola economía —por familiar o fuerte que parezca hoy— puede dejar a los inversionistas cuando los ciclos cambian. Al diversificar globalmente, no solo en acciones sino también en bonos, los inversionistas amplían su abanico de oportunidades y fortalecen la capacidad de adaptación de su propio portafolio de inversión. La próxima década podría no parecerse a la anterior, y quienes construyan carteras con una mirada cosmopolita estarán mejor posicionados para lo que sea que venga. Prepararse para el cambio es en sí mismo una ventaja competitiva.