15 de septiembre
Actualizado: hoy a las 8:00 am
Nadie sabe: Por qué predecir es inútil y tener propósito es esencial
En Wall Street, la confianza muchas veces se confunde con competencia. Cuanto más firme suena alguien al decir qué hará el Banco de Mexico o la Reserva Federal el próximo trimestre o hacia dónde van las bolsas bursátiles del mundo, más tendemos a creerle. Poco importa que, con el tiempo, su precisión no sea mejor que tirar una moneda al aire. La imposición de aranceles ilustra cómo los eventos geopolíticos pueden cambiar drásticamente el panorama económico en un plazo muy corto. En este caso, la administración del presidente Donald Trump desató una serie de reacciones: desde el intenso debate entre economistas hasta las negociaciones internacionales lideradas por el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, con más de 70 países. Esto, a su vez, ha generado advertencias por parte de la Reserva Federal sobre una posible inestabilidad prolongada en los mercados.
Esto demuestra por qué la tarea de pronosticar movimientos en las inversiones es tan difícil. Nadie puede predecir el futuro con precisión y, cuando se suman factores políticos y geoestratégicos (negociaciones comerciales, posibles retaliaciones de otros países, políticas monetarias o cambios repentinos en la geopolítica), las probabilidades de acertar consistentemente se reducen aún más. Cada variable nueva (aranceles, elecciones, decisiones regulatorias o tensiones diplomáticas) abre múltiples escenarios imposibles de anticipar al 100%. Así, eventos como el incremento arancelario no solo generan volatilidad inmediata; también son ejemplos de la complejidad de los mercados interconectados, donde cualquier cambio en la política comercial puede afectar sectores distintos de manera impredecible. Este entorno volátil refuerza la idea de que, por más sofisticados que sean los modelos de predicción, la inversión siempre conlleva un grado de incertidumbre que se acentúa cuando hablamos de factores políticos y geopolíticos.
Howard Marks, cofundador de Oaktree Capital, es un inversionista con una profunda trayectoria y claridad intelectual. En su más reciente memo, Nobody Knows (Yet Again) —que recomiendo leer—, reafirma una verdad que muchos inversionistas se resisten a aceptar: no podemos saber qué va a pasar. Y actuar como si lo supiéramos es más peligroso que útil. Esta idea resuena profundamente conmigo y con la manera en la que pienso sobre invertir. No como una serie de predicciones que se hacen con convicción, sino como un marco que se construye con humildad. Mi alternativa a un enfoque basado en predicciones es lo que llamo Invierte con propósito. Se basa en la idea de que, aunque el futuro es incierto, un inversionista puede prepararse, y hacerlo con inteligencia, claridad y sin caer en ilusiones. Este ensayo es tanto una respuesta al memo de Marks, como una invitación a replantear no solo en qué, sino cómo invertimos.
El mito de la predicción
Predecir se ha convertido en una de las ilusiones más lucrativas del mundo financiero. Hay toda una industria dedicada a producir proyecciones, modelos económicos y pronósticos. La televisión financiera vive de esto; los bancos de inversión dependen de ello. Pero la historia es una mala guía cuando las dinámicas estructurales del mundo están cambiando. Y hoy están cambiando.
Marks nos recuerda que ni siquiera durante la crisis financiera de 2008 —posiblemente el evento económico más analizado de nuestra era— alguien anticipó la velocidad ni la magnitud del colapso. Lo mismo ocurrió en los primeros días de la pandemia del COVID-19: los mercados colapsaron ante la incertidumbre. Nos vimos obligados a tomar decisiones sin precedentes, sin datos y sin manual. En esos momentos, la gente buscaba certeza (y rara vez la encontraba). Pero aquellos que lograron actuar con racionalidad, sin la comodidad de la certeza, fueron quienes más se beneficiaron en el largo plazo. No es una idea nueva. Frank Knight, uno de los pensadores fundacionales de la economía moderna, distinguió entre riesgo (que puede medirse) e incertidumbre (que no). Decía: “Existe una diferencia fundamental entre la recompensa por asumir un riesgo conocido y la recompensa por asumir un riesgo cuyo valor es desconocido”.
Un riesgo conocido puede convertirse fácilmente en una certeza efectiva, mientras que la verdadera incertidumbre, como él la llamaba, no es susceptible de ser medida. Una aerolínea puede estimar que el riesgo de accidente es uno entre 20 millones de despegues. Pero predecir cómo le irá al sector aéreo dentro de 30 años implica tantos factores desconocidos que se vuelve incalculable. Los mercados están llenos de esa incertidumbre incalculable. Buscar certeza en un mundo que no la ofrece nos lleva a la sobre confianza, a la mala asignación de capital y a la decepción frecuente. En lugar de negar la incertidumbre, debemos diseñar a su alrededor.
La futilidad de predecir
La evidencia empírica no respalda la confiabilidad de las predicciones económicas. El estudio más reconocido al respecto, Expert Political Judgment de Philip Tetlock, evaluó los pronósticos de economistas, politólogos y analistas de inteligencia. El resultado fue contundente: su precisión apenas superaba el azar y, en muchos casos, era peor. Lo más revelador fue que quienes tenían mayor confianza en sus predicciones eran, a menudo, los menos acertados.
Y, sin embargo, muchos inversionistas siguen anclados a los pronósticos. Se quedan en efectivo “esperando claridad”, rotan carteras basándose en narrativas de corto plazo y actúan con la idea de que alguien, en algún lugar, tiene una bola de cristal. Marks llama a esto lo que realmente es: especulación disfrazada de estrategia. Y aún peor, la decisión de “no hacer nada”—justificada muchas veces como prudencia—es una decisión activa con un costo de oportunidad que casi nunca se menciona. En inversiones, no hacer nada no es neutral. Es una elección. Y, como toda elección, debe ser comparada con sus alternativas.
Propósito en lugar de predicción: un mejor enfoque
Si las predicciones fallan, ¿qué las reemplaza? La respuesta es claridad de propósito. Invertir no debe ser un ejercicio de adivinación. Debe ser un ejercicio de asignar capital conforme a necesidades reales, plazos personales y objetivos con significado. Esa es la filosofía detrás de invertir con propósito. En lugar de tomar decisiones basadas en pronósticos económicos o perspectivas de mercado, se construyen portafolios basados en la estructura real de la vida de cada persona. Es un enfoque que acepta la incertidumbre y planea en torno a ella. No intenta eliminar la volatilidad, sino manejarla de forma que sea compatible con las necesidades y el perfil emocional del inversionista.
El marco contempla dividir tu dinero en cinco portafolios o “cubetas”, cada uno con un propósito y horizonte bien definidos.
1. Portafolio uno: Necesidades inmediatas
Horizonte de inversión: menos de 12 meses
Este es dinero reservado para el corto plazo: tus gastos del mes, el enganche de una casa, un viaje planeado. No hay lugar para especulación. Aquí se debe buscar preservar el poder adquisitivo mediante instrumentos de bajo riesgo, como CETEs o fondos de mercado monetario de alta calidad.
2. Portafolio dos: Fondo de emergencia
Horizonte de inversión: permanente
Similar al primero, pero destinado a lo inesperado: pérdida de empleo, emergencias médicas o eventos imprevistos. El tamaño depende de tu situación personal, la estabilidad de ingresos, el acceso a financiamiento y la tolerancia al riesgo. Para algunos, seis meses de gastos es suficiente; para otros, un año o más es lo ideal.
3. Portafolio tres: Diversificación global
Horizonte de inversión: 2 a 10 años
Este es el “portafolio de punto medio”: riesgo moderado, retorno moderado, altamente diversificado. Es una inversión balanceada que tiene como objetivo capturar la prima de riesgo global sin apostar a qué país o sector ganará. Estudios académicos muestran que la diversificación global mejora el rendimiento ajustado por riesgo.
4. Portafolio cuatro: Crecimiento a largo plazo
Horizonte de inversión: más de 10 años
Aquí buscamos apreciación de capital. Se incluyen acciones globales, inversiones privadas y, en algunos casos, portafolios balanceados con apalancamiento. Como no necesitas este dinero en el corto plazo, puedes soportar más volatilidad. De hecho, debes de hacerlo para obtener rendimientos significativos.
5. Portafolio cinco: Objetivos específicos
Horizonte de inversión: definido por ti
Este portafolio es para metas como la jubilación, la universidad de tus hijos o comprar una segunda casa. A diferencia del portafolio de largo plazo, aquí el tiempo lo define todo. Si el evento es dentro de 3 años, el portafolio debe estar en activos de muy baja duración. Esta estrategia no pregunta “¿qué hará el mercado?”, sino “¿cuándo voy a necesitar este dinero?”.
La evidencia empírica a favor de la paciencia
La historia recompensa a quien invierte a pesar de la incertidumbre. Tras la crisis del 2008, quienes permanecieron invertidos vieron enormes ganancias en la siguiente década. Quienes esperaron el “momento correcto” muchas veces se perdieron gran parte de la recuperación. Estudios de Vanguard demuestran que perderse solo unos cuantos de los mejores días del mercado puede reducir drásticamente tus rendimientos. Y esos días suelen estar cerca de los peores. Portafolios diversificados globalmente, aunque no siempre emocionantes en el corto plazo, han generado rendimientos reales sólidos a lo largo del tiempo. Esto no son anécdotas, son patrones respaldados por datos.
Diseñar para lo desconocido
Howard Marks tiene razón: nadie sabe. Ni los bancos centrales. Ni los economistas. Ni los inversionistas con más trayectoria. El mercado no es un acertijo que se resuelve, sino un sistema que se entiende y se respeta. Lo que sí podemos conocer es nuestra propia arquitectura financiera: qué necesitamos, cuándo lo necesitamos y cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir para lograrlo. Esa es la única predicción que importa.
Invertir con propósito no es un producto ni una táctica. Es una mentalidad.
Una que prioriza la preparación sobre la predicción.
La resiliencia sobre la reacción.
La claridad sobre la astucia.
Y en un mundo en el que nadie sabe, tal vez sea la única estrategia en la que realmente podemos confiar.