Cuando “más riesgo” no es riesgo, sino complejidad
En los mercados financieros modernos persiste una ilusión cómoda: que, si dos inversiones tienen rendimientos esperados similares y volatilidades parecidas, entonces deberían percibirse como equivalentes. Sin embargo, cualquiera que haya tomado decisiones reales de inversión sabe que esto rara vez ocurre. Algunas alternativas “pesan más”, generan incomodidad o simplemente cansancio mental. Y ese peso no proviene del riesgo estadístico, sino de algo más sutil y, a menudo pasado por alto: la complejidad.
Un trabajo reciente, Simplicity and Risk, próximo a publicarse en el Journal of Finance, coloca este fenómeno en el centro del análisis económico. Su punto de partida es sencillo pero potente: las personas valoran la simplicidad al tomar decisiones bajo riesgo, y cuando una inversión se vuelve más compleja, terminan exigiendo una compensación adicional, incluso cuando sus características estadísticas son prácticamente idénticas.
La contribución del artículo no es anecdótica ni psicológica; es formal, medible y profundamente económica. El planteamiento es que el inversionista actúa como si maximizara una utilidad estándar, pero restando un costo asociado a la complejidad. En términos simples, el valor percibido de una inversión no depende únicamente de su rendimiento esperado o su volatilidad, sino también de cuántos elementos debe comprender para anticipar qué puede pasar.
Para probarlo, el estudio utiliza un diseño experimental particularmente limpio. A los participantes se les presentan loterías con dos, cuatro, ocho y dieciséis posibles resultados, cuidadosamente diseñadas para mantener comparables la media, la varianza, el sesgo y el rango de resultados. Si los modelos tradicionales fueran suficientes, el número de resultados no debería importar. Pero importa, y de manera sistemática.
A medida que aumenta el número de posibles resultados, las personas se comportan como si fueran más adversas al riesgo. Cuando se ajusta un modelo estándar de aversión al riesgo, el parámetro estimado crece de forma pronunciada conforme aumenta la complejidad. El error habitual sería concluir que los individuos “se vuelven más conservadores”. La interpretación correcta es distinta: se vuelven más adversos a la complejidad, y los modelos que no la consideran terminan confundiendo una cosa con la otra.
Este hallazgo tiene consecuencias importantes. Por ejemplo, el estudio también documenta que las violaciones de dominancia —decisiones que son claramente peores incluso bajo criterios básicos— aumentan conforme crece la complejidad. Frente a estructuras difíciles de procesar, más personas aceptan resultados objetivamente inferiores, no por irracionalidad extrema, sino porque el esfuerzo cognitivo adicional altera la evaluación.
Además, el efecto no es uniforme entre individuos. La aversión a la complejidad es heterogénea y se vuelve especialmente visible en niveles altos de complejidad. Esto introduce una idea clave para entender el comportamiento financiero real: no todos reaccionan igual ante estructuras complicadas, pero casi todos lo hacen cuando el número de condiciones, escenarios y excepciones se vuelve demasiado grande.
El artículo hace algo poco común y muy valioso en finanzas: intenta explicar estos resultados usando teorías existentes —utilidad esperada, prospect theory, cumulative prospect theory, saliencia, racional inattention, ruido cognitivo— y muestra que ninguna logra capturar completamente el fenómeno. La simplicidad aparece como un determinante independiente del comportamiento, no como un subproducto de otras preferencias.
Todo esto puede parecer abstracto, pero sus implicaciones prácticas son inmediatas, especialmente en mercados como el mexicano, donde la oferta de productos financieros complejos es amplia. Notas estructuradas con múltiples condiciones, fondos con reglas opacas, instrumentos “protegidos” con letras pequeñas, estrategias que requieren varias páginas para explicar qué ocurre en cada escenario: todos estos productos comparten algo en común. Imponen al inversionista un costo de comprensión.
Ese costo es real. Si no viene acompañado de una compensación clara —menores comisiones, mejor diversificación neta, ventajas fiscales u operativas genuinas, o acceso a una prima de riesgo bien identificada— entonces no se trata de sofisticación, sino de una transferencia de valor. La complejidad, en ese caso, no está diseñada para mejorar el resultado del inversionista, sino para dificultar la comparación y permitir márgenes más altos.
Desde una perspectiva económica estricta, esto no contradice la idea de mercados competitivos. Al contrario: si muchos inversionistas valoran la simplicidad, entonces los activos simples pueden cotizar con una prima y los activos complejos deben ofrecer un descuento para resultar atractivos. Ese “precio de la simplicidad” es tan real como el de la liquidez o la conveniencia. No hay arbitraje gratuito; hay preferencias heterogéneas en equilibrio.
La lección central es sobria y poderosa: la complejidad no es una fuente automática de rendimiento. Si una inversión es difícil de entender, el inversionista debería exigir algo a cambio. Y si ese “algo” no es evidente, la respuesta prudente no es reducir la posición ni “probar con poco”, sino optar por alternativas más simples que permitan disciplina, comparación y control.
En última instancia, la simplicidad no es una debilidad intelectual ni una concesión al miedo. Es una preferencia económicamente racional en un mundo donde procesar información tiene costos reales y donde los errores se pagan con dinero, no con abstracciones. Elegir estructuras que se puedan entender, comparar y auditar con claridad no garantiza mejores resultados, pero sí reduce la probabilidad de cometer errores grandes e irreversibles. Y en inversión, evitar errores suele ser más importante que perseguir ideas ingeniosas.
A partir de ahí, la evidencia acumulada en finanzas apunta a una conclusión complementaria: los inversionistas están mejor cuando diversifican, no solo entre activos, sino entre fuentes de riesgo claras y bien entendidas. La diversificación funciona precisamente porque reduce la dependencia de escenarios específicos y, con ello, la necesidad de anticipar cada posible resultado. En ese sentido, la simplicidad y la diversificación no son opuestas; suelen reforzarse. Portafolios diversificados, construidos con instrumentos transparentes y reglas claras, tienden a ser más robustos que apuestas concentradas envueltas en estructuras difíciles de evaluar.
Finalmente, hay que reconocer que la complejidad tiene un costo conduce a una implicación práctica inevitable: tomar buenas decisiones de inversión es un proceso, no un acto aislado. Contar con un asesor financiero profesional no significa delegar el juicio, sino incorporar disciplina, método y experiencia en un entorno donde los incentivos comerciales y la ingeniería de productos no siempre están alineados con el interés del inversionista. Un buen asesor ayuda a separar riesgo de complejidad, a mantener la diversificación cuando el mercado presiona emocionalmente y a sostener una estrategia coherente en el tiempo. En un mundo financiero cada vez más sofisticado, esa guía no es un lujo; es parte integral de una decisión racional.
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