Una colonia que resuelve problemas sin que nadie mande
Imagine una colonia de hormigas frente a un problema cotidiano: hay comida a cierta distancia, por varios caminos posibles, y hay que llevarla al hormiguero de la manera más eficiente. Uno esperaría que, para resolver algo así, alguien tuviera que estar a cargo. Una hormiga gerente con un plano del terreno, o un pequeño comité de hormigas expertas que dictaran la ruta óptima y coordinaran a las demás. Pues resulta que no existe tal cosa. No hay jefa. No hay planeador central. Y, aun así, la colonia encuentra, una y otra vez, rutas notablemente buenas.
El biólogo Robert Sapolsky suele recurrir a las hormigas para ilustrar uno de sus conceptos favoritos: la emergencia, el fenómeno por el cual comportamientos complejos e inteligentes surgen de la interacción de muchas partes, aunque ninguna de ellas conozca el plan completo. Cada hormiga sigue únicamente reglas simples y locales: deja un rastro químico cuando encuentra alimento, tiende a seguir los rastros más intensos y ajusta su comportamiento según la cantidad de compañeras con las que se cruza. Ninguna hormiga “sabe” cuál es la mejor ruta. Sin embargo, como el camino más corto puede recorrerse más veces en el mismo intervalo de tiempo, este acumula un mayor rastro, y ese camino atrae a más hormigas. Ese rastro más intenso atrae a más hormigas, que a su vez lo refuerzan todavía más. Sin que nadie dirija el proceso, la colonia termina convergiendo en una solución muy cercana a la óptima.
La investigadora Deborah Gordon ha documentado esto con cuidado durante décadas en hormigas del desierto. La inteligencia no está en el individuo. Está en la interacción. El sistema, en su conjunto, procesa más información de la que cualquier hormiga podría manejar sola.
Del hormiguero al mercado
Aquí es donde la analogía se vuelve útil, y le pido que la tome como lo que es: una forma de aguzar la intuición, no una prueba. Un mercado financiero se parece bastante a esa colonia. Millones de participantes compran, venden, analizan, especulan, se equivocan, aciertan. Cada uno actúa con información parcial y con sus propios intereses. Nadie tiene el plano completo. Y, sin embargo, de toda esa actividad descoordinada emerge algo: un precio.
El economista Friedrich Hayek explicó hace ochenta años que el precio es, ante todo, un mecanismo para transmitir información dispersa. Thomas Sowell desarrolló la misma idea: el conocimiento relevante para valuar una empresa no está concentrado en la cabeza de nadie; está repartido entre miles de personas que saben cosas distintas. El precio de una acción viene siendo el rastro químico del mercado. Recoge, en un solo número, lo que innumerables participantes creen saber.
Y aquí llega la pregunta incómoda. Si el precio ya incorpora el juicio colectivo de todos, ¿qué tan probable es que un grupo de humanos —una casa de bolsa, un fondo, un comité de expertos— le gane de manera consistente a ese juicio colectivo? Sería como esperar que una hormiga, o un grupito de hormigas, encontrara sistemáticamente mejores rutas que la colonia entera. Puede ocurrir un día. Pero sostenerlo año tras año es otra cosa.
Dónde la analogía se rompe, y por qué importa
Conviene ser honesto con los límites de la comparación, porque no exagerar en la dirección conveniente es parte del oficio. Las hormigas cooperan hacia una meta común: la supervivencia de la colonia. Los participantes del mercado, en cambio, compiten entre sí buscando su propia ganancia. Curiosamente, esa diferencia no debilita el argumento; lo refuerza. Es justamente la competencia, el afán de cada uno por descubrir un error de precio antes que los demás, lo que hace que los errores se corrijan rápido. Cada vez que alguien cree ver una oportunidad y actúa, mueve el precio hacia donde debería estar. El mercado no es eficiente a pesar de la ausencia de un jefe, sino en buena medida gracias a ella.
Pero una analogía, por elegante que sea, no demuestra nada. Las hormigas nos dan la intuición. La evidencia tiene que venir de los datos.
La aritmética antes que la fe
Empecemos por algo que no depende de ninguna teoría, solo de la aritmética. William Sharpe lo planteó con una claridad desarmante: antes de costos, el dinero invertido de manera activa y el dinero invertido de manera pasiva ganan, en promedio, exactamente lo mismo, porque juntos son el mercado. Después de restar comisiones y costos de operar, el dinero administrado activamente tiene que rendir, en promedio, menos que el mercado. No es una opinión. Es una identidad contable. En conjunto, los que intentan ganarle al mercado no pueden ganarle… porque, sumados, ellos son el mercado.
Eso a nivel del promedio. ¿Y los casos individuales? Aquí entra la pregunta que de verdad importa: no si alguien le ganó al índice, sino si le ganó ajustando por riesgo. Ajustar por riesgo quiere decir preguntarse cuánto de ese rendimiento extra fue habilidad y cuánto fue simplemente cobrar por haber asumido más riesgo. Hay maneras conocidas y baratas de subir el rendimiento esperado: cargarse hacia empresas pequeñas, hacia acciones baratas respecto a sus fundamentales, hacia las que traen impulso reciente. Eso no es magia del administrador; es compensación por riesgos que cualquiera puede tomar. Cuando uno descuenta esos factores, buena parte del brillo se apaga.
Los estudios que separan la suerte de la habilidad son contundentes. Al analizar décadas de fondos, muy pocos logran, después de costos, un rendimiento superior que no pueda explicarse por pura suerte. En las colas de los mejores hay algo que parece talento, pero es tan escaso y difícil de distinguir del azar que identificarlo por adelantado —antes de invertir, que es cuando importa— resulta casi imposible. Y el desempeño rara vez persiste: el fondo estrella de esta década pocas veces lo es de la siguiente.
Nada de esto significa que el mercado sea perfecto ni que nadie pueda tener razón nunca. Sabemos, de hecho, que, si nadie se molestara en analizar, los precios dejarían de ser informativos; alguien tiene que hacer el trabajo. El punto es más modesto y útil: es muy poco probable que ese alguien sea usted de forma consistente, y es aún menos probable que usted pueda saber por adelantado quién lo será.
Qué hacer con esta humildad
Si no hay una hormiga líder, ni un grupo de humanos que le gane al mercado con constancia ajustando por riesgo, la conclusión no es rendirse; es cambiar de pregunta. En lugar de “¿cómo le gano al mercado?”, conviene preguntar “¿cómo capturo lo que el mercado ofrece, al menor costo y con el riesgo adecuado para mí?”.
Ahí la diversificación deja de ser un cliché y se vuelve la herramienta central: repartir el dinero ampliamente para quedarse con la recompensa del conjunto sin apostar la casa a una sola hormiga. Y ahí el papel de un buen asesor financiero se aclara. Su valor no está en adivinar el próximo movimiento ni en prometer que le ganará al mercado. Está en diseñar un portafolio bien diversificado, ajustado a su horizonte y a su tolerancia al riesgo, en mantener los costos bajos, y en acompañarlo para que no abandone el plan en el peor momento. Es arquitecto y es entrenador. No profeta.
La colonia encuentra su comida sin un genio que la dirija. Usted puede construir su patrimonio de la misma forma: con humildad, con diversificación, y con alguien que le ayude a no salirse del camino.
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