Una curva, no una línea recta

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Un bono es una promesa de pagos fijos, y su precio es lo que valen hoy esos pagos futuros a la tasa que exige el mercado. Cuando la tasa sube, cada pago futuro vale menos y el precio cae; cuando baja, ocurre lo contrario. Mientras más lejanos están los pagos, mayor es el efecto. A esa sensibilidad se le conoce como duración: una medida, en años, de qué tan lejos en el tiempo está, en promedio, el dinero que el bono va a pagar. 

Lo importante es que la relación entre tasa y precio no es una línea recta. Es una curva. Para el bono del ejemplo, comprado a 100: 

 

Bono a 30 años con un cupón del 5 %, pagado cada seis meses. Se supone que el cambio de tasa ocurre de inmediato. 

Cada punto adicional de alza quita menos que el anterior, y cada punto adicional de baja agrega más. Los especialistas llaman convexidad a esta curvatura. Es un resultado matemático conocido desde hace más de sesenta años. 

 

Lo que mostraron los años entre 2020 y 2026 

En marzo de 2020, la tasa del bono del Tesoro a 30 años cerró en 0,99 %, el nivel más bajo del que se tiene registro. Al iniciar 2021, era de 1,65 %. A principios de octubre de 2026, ronda el 5,6 %, su nivel más alto desde 2002. 

Los precios hicieron lo que indica la aritmética. El bono a 30 años que el Tesoro emitió en mayo de 2020, con un cupón del 1,25 %, se colocó a cerca de 98 centavos por dólar. Seis años después, cotiza alrededor de 43 centavos. Aun sumando los intereses cobrados, quien lo compró en la emisión acumula una pérdida cercana al 48 % en un instrumento cuyo emisor no ha dejado de pagar un solo cupón. No es un caso aislado: un fondo indizado de bonos del Tesoro con plazos mayores a veinte años perdió un 35 % entre 2021 y 2025, incluidos los intereses, y en 2026 ha seguido a la baja. 

La caída fue tan severa porque partió de tasas muy bajas. Con un cupón del 1,25 %, cerca del 70 % del valor del bono estaba en el pago final, a treinta años de distancia, y su duración era de unos 25 años. Con un cupón del 5,6 %, la duración es de unos 15 años. 

 

Lo que cambia cuando las tasas ya subieron 

Aquí, la misma curva trabaja en otro sentido. En 2020, un alza de un punto porcentual le quitaba cerca del 22 % a un bono nuevo a 30 años. Hoy, partiendo del 5,6 %, le quitaría alrededor del 13 %. Además, el interés que se cobra mientras tanto es más de cuatro veces mayor. En 2020, bastaba con que la tasa subiera cinco centésimas de punto en un año para borrar el interés de ese año; hoy, haría falta un alza de unas cuatro décimas. 

Dicho de otra forma: para que un bono emitido hoy repitiera la caída de precio del 56 % que sufrió el de 2020, la tasa tendría que pasar del 5,6 % a más del 13 %. No es imposible, pues a principios de los años ochenta superó el 15 %, pero es una distancia muy distinta de la recorrida desde 2020. 

La asimetría también se observa en el bono de 2020. A su precio actual, ganaría unos 8,5 centavos por dólar si su tasa bajara un punto y perdería unos 6,8 centavos si subiera un punto. 

 

Lo que la aritmética no dice 

Conviene tener claros los límites de este resultado. 

Primero, que el precio responda de forma asimétrica no significa que las bajas de tasas sean tan probables como las alzas, ni que las tasas deban regresar a los niveles de 2020. La evidencia de décadas indica que las tasas son muy difíciles de anticipar: las señales contenidas en la propia curva dicen poco sobre los cambios del año siguiente, y los modelos estándar han pronosticado peor que el supuesto más simple, que la tasa de mañana se parecerá a la de hoy. 

Segundo, esta aritmética es pública. Un mercado competitivo no regala lo que cualquiera puede calcular, y lo razonable es suponer que los precios ya la incorporan. De hecho, esa curvatura tiene un costo: los bonos que más la ofrecen suelen pagar una tasa algo menor. 

Tercero, un bono largo sigue siendo un instrumento volátil. Una pérdida del 13 % por cada punto no es menor, y sus pagos fijos quedan expuestos a la inflación durante décadas. Además, el premio por prestar a plazos muy largos ha sido modesto frente a esa variabilidad: en un estudio clásico con datos de 1963 a 1991, fue cercano a cero, mientras que, en las décadas de tasas a la baja que siguieron a 1981, fue claramente positivo. Con rendimientos tan variables, se necesitan muchos años para medirlo con confianza. 

 

El lugar de los bonos largos en un portafolio 

La lección no es comprar ni evitar bonos largos. Es que el riesgo de un bono depende del nivel de tasas del que parte y que ese punto de partida hoy es muy distinto del de 2020. Si tienes una meta a veinte o treinta años, puedes encontrar en ellos una forma de fijar una tasa nominal conocida. Si necesitas tu dinero en tres años, estarías asumiendo un riesgo de precio ajeno a tu meta. La evidencia sugiere, además, que, en un portafolio que mantiene estable su duración, el rendimiento de largo plazo tiende a parecerse a la tasa inicial, aunque, para los bonos largos, ese plazo se mide en décadas. 

Por eso, la respuesta está en el diseño del conjunto: diversificar entre plazos, emisores y clases de activos, de modo que ninguna tasa ni ningún pronóstico decidan el resultado. Ahí está el valor de un asesor financiero profesional. Como arquitecto, alinea los plazos de tus bonos con los de tus metas. Como acompañante, te ayuda a sostener el plan sin perseguir lo que acaba de subir ni abandonar lo que acaba de caer. Un portafolio bien diversificado no necesita adivinar hacia dónde irán las tasas para cumplir su propósito. 

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[1]  Los precios hipotéticos, las duraciones y las sensibilidades son cálculos propios con las fórmulas estándar de valuación de bonos con cupones semestrales. 

Autor

Julio Cacho

Autor

Julio Cacho

Miembro de la Facultad de Economía en Rice University, especialista en inversiones cuantitativas y gestión de riesgos con más de 20 años de experiencia. Ha publicado diversos artículos en revistas académicas. Actuario y Economista (ITAM) con Doctorado en Economía y Finanzas por Princeton University.
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