¿Emprender para ganar más? Primero separe las cuentas
Existe una idea muy extendida, casi como un artículo de fe: que la forma de generar rendimientos altos es poner un negocio. “Si trabajo para alguien más, hago rico a otro; si trabajo para mí, el rendimiento es mío.” La frase suena lógica. Pero esconde un error de contabilidad que puede costarle años de su vida y una parte importante de su patrimonio. El propósito de este texto es enseñarle a separar las cuentas, porque cuando se separan correctamente, la conclusión suele sorprender a la mayoría.
Usted posee dos tipos de capital, no uno
Todas las personas son dueñas de dos activos distintos, aunque rara vez los piensan por separado.
El primero es el capital humano: el valor de sus conocimientos, habilidades, experiencia y capacidad de trabajo. Es, para casi todos, el activo más grande que tendrán en su vida. El valor presente de todo lo que usted puede ganar a lo largo de su carrera suele superar, por mucho, cualquier ahorro que llegue a acumular.
El segundo es su capital financiero: el dinero que ya tiene y que puede invertir.
Estos dos activos generan rendimientos de naturalezas completamente distintas. Su capital humano le paga un salario; su capital financiero le paga intereses, dividendos y ganancias de capital.
Y aquí está la clave: cuando usted abre un negocio, mezcla ambos rendimientos en una sola bolsa y deja de saber cuánto le está pagando cada uno.
Qué es realmente un negocio propio
Para la mayoría de quienes emprenden, un negocio no es una máquina de inversión. Es una forma de autoempleo. Usted aporta su trabajo —su capital humano— y aporta su dinero —su capital financiero—, y al final del año recibe una sola cifra a la que llama “utilidad.”
Pero esa utilidad no es ganancia pura. Es la suma de tres cosas distintas: el pago por su trabajo, el rendimiento de su dinero invertido y un residuo. Sólo ese residuo —lo que queda después de pagarse a usted mismo un salario justo y después de descontar lo que su dinero habría rendido en otra parte— es la verdadera ganancia empresarial.
Frank Knight lo explicó hace un siglo: la utilidad genuina del empresario es lo que sobra una vez remunerados todos los factores, incluido el trabajo del propio dueño, a precio de mercado.
La pregunta correcta, entonces, no es: “¿cuánto gané con mi negocio?” La pregunta correcta es: “¿cuánto gané por encima de lo que habría ganado empleándome y poniendo mi dinero en el mercado?”.
Eso se llama costo de oportunidad, y es la única vara honesta para medir si emprender valió la pena.
La evidencia sobre el capital humano: el autoempleo suele pagar menos
Aquí es donde los datos incomodan. Uno pensaría que, a cambio de todo el riesgo que asume, el emprendedor cobra más por su trabajo que un empleado comparable. La evidencia dice lo contrario.
El estudio clásico de John Hamilton siguió las trayectorias de ingresos de miles de personas y comparó lo que ganaban como autoempleadas con lo que ganaban personas comparables con un salario. El resultado fue claro y persistente: el autoempleado promedio gana menos que lo que habría ganado como empleado, y la brecha no se cierra con el tiempo, sino que tiende a ampliarse.
Según sus estimaciones, en una década el autoempleado acumula alrededor de un treinta y cinco por ciento menos de ingresos que en un empleo comparable. En otras palabras: muchos emprendedores le están pagando un descuento a su propio negocio sobre el valor real de su trabajo.
La evidencia sobre el capital financiero: tampoco paga prima
¿Y el dinero invertido? Ya lo vimos en textos anteriores, pero conviene repetirlo porque cierra el argumento. Moskowitz y Vissing-Jørgensen midieron los rendimientos del capital invertido en negocios privados durante décadas y encontraron una paradoja: pese al riesgo descomunal y a la falta de diversificación, el capital empresarial privado no rindió, en promedio, más que un simple índice del mercado accionario.
Si se junta con lo anterior y el cuadro queda completo. En el negocio típico, el componente de trabajo paga menos que un empleo, y el componente de dinero paga igual que la bolsa, pero con muchísimo más riesgo. Ninguna de las dos cuentas, por separado, justifica la apuesta en términos puramente financieros.
La doble concentración del riesgo
Hay una razón estructural detrás de estos números, y es la misma que hemos repetido: el mercado no le paga por correr riesgos que usted podría haber evitado.
Cuando usted se emplea e invierte en un índice global, diversifica sus dos capitales. Su capital humano descansa en un trabajo con ingreso relativamente estable, y si la empresa quiebra, sus habilidades siguen siendo vendibles en el mercado laboral. Su capital financiero descansa en miles de empresas distribuidas en docenas de países.
Cuando usted emprende, hace exactamente lo opuesto: concentra sus dos capitales en una sola apuesta. Si el negocio falla —y recuerde que dos terceras partes fallan en diez años—, pierde su inversión y su fuente de ingreso al mismo tiempo, en el mismo evento. Ese riesgo concentrado es enorme, y el mercado, como mostraron los datos, no lo recompensa con un mayor rendimiento.
Entonces, ¿por qué tanta gente emprende?
Por razones legítimas que nada tienen que ver con maximizar rendimientos: la autonomía de ser su propio jefe, la vocación de construir algo, el deseo de generar impacto, el gusto por el oficio. Esos motivos son válidos y respetables, y para muchas personas, valen más que el dinero.
El problema aparece cuando alguien emprende creyendo que es la opción financieramente superior. Los estudios del comportamiento muestran que los emprendedores sobreestiman dramáticamente sus probabilidades de éxito: en la investigación clásica de Cooper y sus colegas, la gran mayoría situaba sus probabilidades de triunfar en setenta por ciento o más, y cerca de una tercera parte las consideraba prácticamente seguras, cuando las tasas reales de supervivencia son mucho menores.
La gente se enamora del puñado de grandes ganadores y olvida que el resultado típico está por debajo del promedio.
La conclusión
Si su objetivo es construir patrimonio, para muchas personas el camino más eficiente no es emprender, sino lo contrario: invertir en su capital humano para que su empleo pague lo máximo posible y colocar su capital financiero en un índice global de acciones que, históricamente han entregado un rendimiento real cercano al seis o siete por ciento anual —por encima de la inflación—, sin que usted tenga que adivinar nada ni concentrar todo su riesgo en un solo lugar.
Emprenda si lo mueve la vocación, la autonomía o el propósito. Pero no lo haga creyendo que es la forma segura de ganar más, porque las cuentas, bien separadas, casi nunca arrojan ese resultado.
Y antes de tomar una decisión de esta magnitud, vale la pena sentarse con un asesor financiero profesional que le ayude a hacer este cálculo con sus propios números: cuánto vale realmente su capital humano hoy, cuál es su costo de oportunidad y qué camino lo acerca más a sus metas. No para desanimarlo de soñar, sino para que sueñe con los ojos abiertos.
- Becker, G. S. (1964). Human Capital: A Theoretical and Empirical Analysis. University of Chicago Press.
- Bessembinder, H. (2018). “Do Stocks Outperform Treasury Bills?” Journal of Financial Economics, 129(3), 440–457.
- Cooper, A. C., Woo, C. Y., & Dunkelberg, W. C. (1988). “Entrepreneurs’ Perceived Chances for Success.” Journal of Business Venturing, 3(2), 97–108.
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- Hamilton, B. H. (2000). “Does Entrepreneurship Pay? An Empirical Analysis of the Returns to Self-Employment.” Journal of Political Economy, 108(3), 604–631.
- Knight, F. H. (1921). Risk, Uncertainty and Profit. Houghton Mifflin.
- Moskowitz, T. J., & Vissing-Jørgensen, A. (2002). “The Returns to Entrepreneurial Investment: A Private Equity Premium Puzzle.” American Economic Review, 92(4), 745–778.
- Sowell, T. (2014). Basic Economics: A Common Sense Guide to the Economy (5th ed.). Basic Books.