¿Quiere rendimientos esperados altos? Esto dice la evidencia

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Casi todo el que invierte quiere lo mismo: rendimientos altos. Y la industria financiera está llena de personas dispuestas a venderle el secreto para conseguirlos —la acción del momento, el fondo estrella, el gurú que “vio venir” la última subida. La pregunta que nadie hace, y que este texto sí va a responder, es más simple y útil: después de casi un siglo de datos, ¿qué sabemos de verdad sobre de dónde vienen los rendimientos altos? La respuesta es poco glamorosa, pero es confiable. Y eso, en finanzas, vale más que cualquier promesa.

 

Primera verdad: no vienen de predecir.

Empecemos por descartar el camino que la mayoría intenta. La evidencia sobre la capacidad de predecir el mercado o de elegir acciones ganadoras es abrumadora, y desalentadora para quien busca atajos.

Los reportes que comparan a los gestores profesionales contra un simple índice —el más conocido es el estudio SPIVA— muestran, año tras año y país tras país, que la gran mayoría de los fondos administrados activamente rinde menos que su índice de referencia en horizontes largos. Y los pocos que ganan un año rara vez repiten al siguiente. Si los profesionales mejor pagados del mundo, con los mejores datos y equipos, no logran predecir de forma consistente, es prudente asumir que el atajo de la predicción no existe. El precio de hoy ya contiene la información de hoy; lo que mueve los precios mañana es, por definición, lo que todavía no se sabe.

 

Segunda verdad: el rendimiento alto es el precio del riesgo, no el premio a la astucia.

Aquí está el principio que ordena todo lo demás. En los mercados, el rendimiento esperado más alto no es una recompensa por ser inteligente. Es una compensación por asumir riesgo —y no cualquier riesgo, sino el riesgo que no se puede diversificar.

Esta distinción lo es todo. El riesgo de apostarle a una sola empresa —que quiebre, que la supere un competidor— no le paga nada, porque usted pudo haberlo eliminado gratis diversificando. El mercado solo le paga por el riesgo que nadie puede evitar: el de la economía entera, el de que existan recesiones, crisis y años malos para todos. Quien quiera rendimientos esperados más altos debe, necesariamente, aceptar más de ese riesgo sistemático. No hay forma de saltarse esta relación. Cualquiera que le ofrezca rendimientos altos sin riesgo le está mintiendo o se está engañando.

 

Tercera verdad: sabemos qué riesgos han pagado.

La buena noticia es que un siglo de investigación ha identificado las dimensiones concretas por las que el mercado ha pagado, históricamente, un rendimiento esperado mayor. Explicadas en lenguaje simple, son pocas:

Primero, las acciones le han ganado a los bonos en el largo plazo, precisamente porque son más riesgosas. A esa diferencia se le llama prima de riesgo de las acciones, y es la fuente más grande y confiable de rendimiento para el inversionista paciente.

Segundo, dentro del mercado accionario, ciertas características han venido acompañadas de rendimientos esperados más altos: las empresas baratas respecto a su valor en libros (las llamadas acciones de valor) han tendido a rendir más que las caras; las empresas más pequeñas han tendido a rendir más que las gigantes; y las empresas más rentables y prudentes en su inversión han tendido a rendir más que las de baja calidad. Estas no son fórmulas mágicas ni garantías —fallan durante años enteros—, sino primas de riesgo que se han pagado en promedio a lo largo de décadas.

Y hay una tercera dimensión que merece un párrafo aparte, porque es a la vez la más sólida y la más incómoda: el momentum. La evidencia, desde el trabajo de Jegadeesh y Titman, es contundente: las acciones que han subido en los últimos meses tienden a seguir subiendo en el corto plazo, y las que han bajado tienden a seguir bajando. Este patrón es de los más robustos que existen —aparece en casi todos los mercados, en distintas clases de activos y a lo largo de más de un siglo de datos—. Lo incómodo es que, a diferencia del valor o el tamaño, el momentum es difícil de explicar como una compensación clara por asumir riesgo. Bien puede ser un patrón de comportamiento: los inversionistas reaccionan menos ante las buenas noticias al principio y luego reaccionan de más. Por eso conviene tratarlo con respeto, pero con cautela. Capturarlo exige comprar y vender con mucha frecuencia, lo que dispara los costos, y de vez en cuando sufre desplomes severos y repentinos justo cuando el mercado se da la vuelta. Es real, sí, y combinado con el valor incluso ayuda a diversificar; pero no es dinero gratis tirado en el suelo, sino una prima difícil de cobrar en la práctica.

La lección práctica no es perseguir una de estas características con fe ciega, sino entender que el rendimiento esperado tiene fuentes identificables y sistemáticas, no secretas ni mágicas. Usted puede inclinar su cartera hacia ellas de forma amplia y diversificada, sin apostar a nombres individuales.

 

Cuarta verdad: el costo es la palanca más confiable que usted controla.

De todo lo que afecta su rendimiento, casi nada está bajo su control. Pero hay una excepción poderosa: lo que usted paga.

William Sharpe lo demostró con una lógica casi aritmética: como grupo, todos los inversionistas obtienen el rendimiento del mercado antes de costos; por lo tanto, después de costos, el inversionista promedio que paga comisiones altas necesariamente rinde menos que el que paga comisiones bajas. No es opinión, es matemática. Y los estudios lo confirman: de todos los datos disponibles para predecir el rendimiento futuro de un fondo, el más confiable no es su historial ni la fama de su gestor, sino qué tan bajas son sus comisiones. Cada punto que usted no paga en comisiones es un punto que se queda en su bolsillo, con certeza, año tras año. Reducir costos es lo más cercano que existe a un rendimiento garantizado.

 

Quinta verdad: si quiere más rendimiento, la forma rigurosa es apalancar lo diversificado, no concentrar.

Suponga que la cartera diversificada no le basta y quiere un rendimiento esperado mayor. La intuición empuja a concentrar: poner más en lo que parece más prometedor. La teoría financiera y la evidencia apuntan exactamente al lado contrario.

La forma técnicamente correcta de buscar más rendimiento es tomar la cartera más eficiente y diversificada posible y aplicarle un apalancamiento moderado, en lugar de concentrarse en apuestas riesgosas. La investigación de Frazzini y Pedersen mostró que, justamente porque muchos inversionistas no pueden o no quieren apalancarse, terminan sobre pagando por los activos más riesgosos, lo que deja una oportunidad para quien apalanca de forma disciplinada una cartera amplia. Dicho de forma simple: es mejor multiplicar moderadamente algo bien repartido que jugárselo todo a algo concentrado.

Esto viene con una advertencia grande y subrayada: el apalancamiento amplifica las pérdidas igual que las ganancias, puede llevar a la ruina si se usa mal, y no es para todos. Es una herramienta de precisión, no un acelerador para entusiastas. Si alguna vez la considera, que sea con asesoría profesional y con plena conciencia del riesgo.

 

Sexta verdad: el tiempo y la conducta hacen el resto.

La palanca más subestimada no es ninguna fórmula: es el tiempo. El interés compuesto premia desproporcionadamente a quien permanece invertido. Y, sin embargo, los estudios sobre el comportamiento del inversionista muestran que la persona promedio obtiene un rendimiento menor que el de los propios fondos en los que invierte, porque entra y sale en los peores momentos: vende con miedo en las caídas y compra con euforia en los máximos. Esa brecha entre lo que el mercado ofrece y lo que el inversionista realmente captura se debe casi por completo a la conducta. Quedarse quieto, con disciplina, es una de las decisiones más rentables que existen.

 

La conclusión.

La receta honesta para buscar rendimientos esperados altos no cabe en un titular llamativo, pero sí en un párrafo: diversifique de forma amplia y global; acepte conscientemente el riesgo sistemático que está dispuesto a tolerar e inclínese, si lo desea, hacia las fuentes de rendimiento que la evidencia ha identificado; mantenga sus costos lo más bajos posible; permanezca invertido a través de los años buenos y malos; y resista la tentación de predecir y de concentrar.

No es emocionante. Pero es lo que un siglo de datos respalda, y es enormemente más confiable que cualquier secreto que le quieran vender.

Por último, traducir estos principios a una cartera concreta —cuánto riesgo tolerar, hacia qué fuentes inclinarse, cómo controlar costos e impuestos— es exactamente la clase de decisión en la que un asesor financiero profesional aporta más valor. No para prometerle rendimientos que nadie puede garantizar, sino para ayudarle a capturar, con disciplina, los que el mercado sí ofrece.

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Autor

Julio Cacho

Autor

Julio Cacho

Miembro de la Facultad de Economía en Rice University, especialista en inversiones cuantitativas y gestión de riesgos con más de 20 años de experiencia. Ha publicado diversos artículos en revistas académicas. Actuario y Economista (ITAM) con Doctorado en Economía y Finanzas por Princeton University.
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