22 de febrero
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The Story
Bolsa de Valores: Antes de Wall Street, existió una pregunta
Antes de que existieran pantallas llenas de precios en tiempo real o distritos financieros como Wall Street, la bolsa de valores era algo mucho más simple: un punto de encuentro. Un lugar, físico o no, donde personas con capital se reunían para financiar ideas, proyectos y empresas que necesitaban crecer.
Para las empresas, ese encuentro significó algo clave: acceso a recursos sin depender de una sola persona o de un solo error. Para quienes invertían, abrió la puerta a participar en negocios más grandes, diversificar riesgos y aspirar a rendimientos que antes estaban reservados para unos cuantos. La bolsa no eliminó la incertidumbre, pero ofreció una forma más ordenada de enfrentarla.
Con el tiempo, este sistema se volvió indispensable para las economías modernas. Permitió financiar infraestructura, impulsar industrias completas y convertir ideas en empresas capaces de generar empleo y crecimiento. Sin ese mecanismo, el mundo como lo conocemos sería difícil de imaginar.
En GBM, creemos que invertir empieza por entender. Por eso hoy en The Story te contamos cómo nació la bolsa de valores. La historia de este sistema empezó con una pregunta: ¿cómo crecer sin que un solo error lo destruya todo?
El comienzo de las inversiones
Tomemos un tren imaginario y viajemos varios siglos atrás, al periodo colonial. En esa época, el mundo no estaba conectado por aviones, satélites ni teléfonos. Todo se movía por mar. Pensemos en los españoles en México o en cualquier imperio europeo: las riquezas que obtenían (oro, plata, especias o azúcar) tenían que cruzar el océano en enormes barcos de madera para llegar a Europa.
El viaje duraba entre seis y diez semanas y estaba lleno de peligros. Tormentas que podían partir una embarcación en dos, piratas que esperaban rutas comerciales conocidas y naufragios que convertían una expedición completa en una pérdida total. Nadie podía asegurar que el barco llegaría a su destino, y esa incertidumbre tenía un costo enorme: si solamente una persona financiaba el viaje y algo salía mal, podía perderlo todo.
Para enfrentar ese riesgo, surgió una idea que desde hoy parece obvia, pero en su momento fue una revolución. En lugar de que una sola persona pusiera todo el dinero, varias personas aportaban una parte. Si el barco regresaba con éxito, todos ganaban. Si se perdía, todos compartían la pérdida. Sin saberlo, estaban inventando las bases de la inversión moderna: convertir un riesgo imposible de soportar en uno que se podía repartir.
En medio de este comercio mundial apareció con mucha fuerza un pequeño país: los Países Bajos. A diferencia de otros imperios que querían conquistar grandes territorios, los neerlandeses se enfocaron en dominar el comercio. Controlaban rutas marítimas, puertos estratégicos y conexiones entre continentes. Su poder no venía tanto de ejércitos, sino de barcos y acuerdos comerciales. Movían especias de Asia, azúcar de América y muchos otros productos que el mundo deseaba.
Para lograrlo, los neerlandeses crearon grandes compañías comerciales, como la VOC (Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales) y la WIC (Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales). Estas empresas eran enormes para su época: operaban decenas de barcos y conectaban continentes. Pero todo eso costaba muchísimo dinero. Tanto, que ni los comerciantes más ricos podían financiarlo solos.
Frente a ese reto, surgió una pregunta: ¿y si en lugar de que unos pocos pusieran todo el dinero, muchas personas aportaban un poco? La VOC fue la primera en atreverse a probarlo. En 1602 decidió dividir la empresa en pequeñas partes, llamadas acciones, y venderlas al público. Además, esas acciones no estaban “congeladas”, sino que podían venderse a otras personas, lo que hizo necesario crear un lugar especial para intercambiarlas. Así nació la Bolsa de Ámsterdam, el primer mercado de valores del mundo. Gracias a este sistema, el riesgo se repartía entre muchos, las ganancias se pagaban en forma de dividendos y se sentaron las bases de una nueva manera de financiar empresas que, con el tiempo, daría origen al capitalismo moderno.
Esto cambió todo. Ya no solo los reyes o los más ricos podían participar en grandes negocios. La gente común y corriente podía invertir, ganar dinero si a la empresa le iba bien y asumir pérdidas si las cosas salían mal. Además, los holandeses inventaron algo clave: la responsabilidad limitada. Esto significaba que, si la empresa fracasaba, los inversionistas no perdían todo lo que tenían, solo lo que habían invertido. Gracias a esto, Ámsterdam se convirtió en el corazón financiero del mundo. Bancos, comerciantes e inversionistas se reunían ahí para intercambiar dinero y confianza. Con el tiempo, otros países copiaron el modelo. Londres y muchas otras ciudades se convirtieron en epicentros financieros. Más de 400 años después, esa idea nacida entre barcos y tormentas sigue viva y es la base del sistema financiero que usamos hoy. Todo empezó con una pregunta: ¿y si compartimos el riesgo?
¿Sabías que la Bolsa de Ámsterdam es más antigua que México y Estados Unidos? Hoy puedes invertir en ella desde México mediante ETFs que replican índices como el AEX o MSCI Netherlands, accesibles vía brókers internacionales o algunos locales, y obtener exposición a empresas como ASML.
Lo que comenzó en Europa se consolido en Estados Unidos
La historia de Estados Unidos no puede entenderse sin su mercado de valores: cada etapa de expansión, crisis y reinvención pasó, de una u otra forma, por Wall Street. Cuando el modelo bursátil llegó a Estados Unidos, el país atravesaba una etapa decisiva: estaba construyendo su identidad económica. A finales del siglo XVIII, el nuevo Estado necesitaba algo urgente: credibilidad financiera. Tras la Guerra de Independencia, acumulaba deudas, carecía de un sistema bancario sólido y debía convencer al mundo de que era confiable. Fue entonces cuando Wall Street comenzó a tomar forma como el centro financiero del país.
Uno de los primeros grandes usos de la bolsa fue financiar al propio gobierno. A través de la emisión de bonos federales, Estados Unidos logró ordenar su deuda, atraer inversionistas y sentar las bases de su sistema fiscal. Esto permitió estabilizar la economía y crear un mercado de capitales, algo poco común para una nación tan joven.
Durante el siglo XIX, la bolsa se volvió clave para conectar capital con infraestructura. El ferrocarril (el proyecto económico más ambicioso de su época) no habría sido posible sin el financiamiento bursátil. Miles de kilómetros de vías se construyeron con dinero levantado en Wall Street, integrando mercados regionales, reduciendo costos de transporte y acelerando el comercio interno. Esto transformó a Estados Unidos de una economía agrícola dispersa en una potencia industrial en expansión.
Ya en el siglo XX, la bolsa acompañó el auge de nuevas industrias. Empresas eléctricas, automotrices, manufactureras y, más tarde, tecnológicas encontraron en el mercado de valores la herramienta para escalar rápidamente. Wall Street fue testigo del nacimiento de gigantes que marcaron época: desde las primeras compañías de energía y acero, hasta los líderes del consumo masivo y la innovación digital.
Incluso en los momentos más críticos, la bolsa jugó un papel central. Tras el crack de 1929, el mercado impulsó reformas regulatorias que generaron mayor transparencia en el sistema financiero. Durante la Segunda Guerra Mundial, el financiamiento vía mercados permitió sostener el esfuerzo bélico. En la posguerra, la bolsa fue clave para canalizar el crecimiento económico más largo y sólido del siglo XX.
Con el tiempo, Estados Unidos convirtió a su mercado bursátil en un imán de capital global. Empresas de todo el mundo comenzaron a listar sus acciones en Nueva York para acceder a inversionistas internacionales. Así, la bolsa no solo impulsó la economía local, sino que consolidó al país como el corazón financiero del planeta.
En GBM puedes invertir en ETFs que siguen a la bolsa de Estados Unidos, como los que replican el S&P 500, el Nasdaq 100 y el mercado accionario completo, obteniendo exposición directa a las principales empresas de Wall Street de forma simple y diversificada.
La pregunta sigue siendo la misma
La historia de las bolsas de valores es, en el fondo, la historia de cómo el mundo aprendió a compartir riesgos para crecer. Desde los primeros viajes marítimos hasta los mercados digitales actuales, las bolsas han sido el puente entre ideas, capital y personas. Permitieron que empresas se expandieran, que países construyeran infraestructura y que millones de personas participaran en el crecimiento económico. Lo que comenzó en Europa se consolidó en Estados Unidos y hoy representa el corazón financiero global. Más de 400 años después, las bolsas siguen siendo una herramienta clave para invertir y construir futuro.
Hoy, ese sistema sigue vivo. Las bolsas continúan conectando capital con ideas, empresas con inversionistas y personas con oportunidades de largo plazo que les permitan consolidar su patrimonio. Entender cómo funciona no es solo una lección de historia económica, es una herramienta para tomar mejores decisiones en el presente.
En GBM creemos que invertir empieza por entender. Por eso contamos estas historias: para que más personas puedan acercarse al mercado con contexto e información. En el mercado, el riesgo siempre va a existir, pero enfrentarlo desde el conocimiento puede hacer toda la diferencia.