15 de marzo

Actualizado: ayer a las 6:00 pm

The Story

¿El dinero sigue brillando? La historia del oro

Hoy en The Story te contamos cómo el oro pasó de los castillos y las coronas... a tu portafolio.

14 MAR 26

10 MIN DE LECTURA

Imagina que mañana despiertas, abres la app de tu banco y el saldo sigue igual, pero el café que ayer costaba veinte pesos hoy cuesta ochenta. ¿Cómo nos cubrimos de la inflación? Cuando el sistema falla, cuando la confianza se evapora y los gobiernos imprimen billetes como si fuera confeti… ¿qué queda? El oro. Siempre el oro. No es un eslogan de ventas, es la respuesta que la humanidad ha dado a las crisis durante los últimos cinco mil años. Es una tesis que se comprueba una y otra vez a lo largo de los siglos. 

Durante milenios, el oro respaldó el valor de las monedas y adornó a los más poderosos del mundo. Hoy, protege los portafolios de inversionistas, bancos centrales y naciones enteras. Su belleza es irresistible, su escasez es brutal y su capacidad para sobrevivir a los imperios es fascinante. Hoy en The Story te contamos cómo el oro pasó de los castillos y las coronas… a tu portafolio.

¿Lo mejor en tiempos de incertidumbre de mercado?

Tener el respaldo de expertos. Recibe asesoría financiera.

El oro: Del desierto a Wall Street

Todo comenzó hace más de 5,000 años en el antiguo Egipto, cuando el oro dejó de ser solo un metal brillante en la arena y empezó a convertirse en símbolo de poder y permanencia. Para el 1223 a.C., ya adornaba la máscara funeraria de Tutankamón, una pieza que no solo representaba riqueza, sino la idea de eternidad. El oro no se oxidaba, no se deterioraba y parecía desafiar al tiempo mismo. 

Pero su historia no se quedó en templos ni tumbas. Para el 600 a.C., en Asia Menor, los lidios dieron un paso decisivo: comenzaron a acuñar monedas utilizando una mezcla de oro y plata. Con el tiempo perfeccionaron el proceso y crearon las creseidas, nombradas en honor al rey Creso. Aquellas monedas tenían algo revolucionario: un peso y una pureza estandarizados que permitían confiar en su valor sin necesidad de verificar cada intercambio. Así nació una de las primeras formas de dinero fungible públicamente aceptado. 

Durante los siglos siguientes, el oro acompañó la expansión de imperios, financió guerras y consolidó sistemas comerciales. En 1300, Londres formalizó el hallmarking, un sello que garantizaba la pureza del oro y, para el 1400, la vehemencia por los metales en Europa fue tan intensa, que prácticamente se vaciaron todas las minas del continente, fenómeno que hoy conocemos como La Gran Hambruna de Metales.

En 1848, el descubrimiento de oro en Sutter’s Mill, California, desencadenó una migración masiva hacia el oeste de Estados Unidos. Cientos de miles de personas abandonaron todo para perseguir una promesa enterrada bajo la tierra. La Fiebre del Oro no solo transformó economías regionales, aceleró la expansión por territorio y redefinió el mapa de Estados Unidos. Para finales del siglo XIX, el “patrón oro” se había consolidado como el sistema monetario dominante. Sin embargo, las guerras mundiales exigieron niveles de gasto que el oro no podía sostener, por lo que las deudas crecieron, la emisión monetaria se aceleró y la promesa de convertibilidad comenzó a tensarse. El sistema que había definido el sistema financiero global empezó a mostrar fallas.

Fue en medio de ese desequilibrio, cuando surgió uno de los acuerdos más importantes de la historia moderna. En 1944, 44 naciones se reunieron en un hotel en Bretton Woods, New Hampshire, para rediseñar el sistema monetario internacional y decidir qué papel jugaría el oro en el nuevo orden financiero.

 

Bretton Woods Agreement y el fin del patrón oro

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el mundo necesitaba un nuevo orden monetario. Las economías estaban devastadas y el comercio internacional requería reglas claras para reconstruirse. El resultado fue el Bretton Woods Agreement, un sistema que ancló las monedas del mundo al dólar estadounidense, y el dólar, a su vez, al oro a una tasa fija de $35 dólares por onza.

Estados Unidos contaba con cerca del 75% del oro monetario mundial, y el dólar era la única divisa con convertibilidad directa en oro. El sistema funcionaba como un camino indirecto hacia el metal: los bancos centrales podían intercambiar dólares por oro, mientras que el resto de las monedas mantenía tipos de cambio fijos frente al dólar. La arquitectura parecía sólida y ofrecía estabilidad cambiaria con disciplina monetaria. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en finanzas, lo que parece estable en teoría puede volverse frágil en la práctica.

De 1950 a 1960, el mundo se reconstruyó y comenzó a competir. Estados Unidos pasó de tener superávits a registrar déficits en su balanza de pagos. El gasto asociado a programas sociales y a la Guerra de Vietnam se financió en parte mediante expansión monetaria. Más dólares circulaban globalmente, pero el oro no crecía al mismo ritmo. El sistema empezó a tensionarse. En 1968, un acuerdo entre Estados Unidos y varios países europeos con el fin de estabilizar el precio del oro llamado “Gold Pool”, colapsó ante la creciente presión del mercado. Cada vez más países dudaban de que Estados Unidos pudiera sostener la paridad de 35 dólares por onza.

El momento decisivo llegó en agosto de 1971, cuando el Reino Unido solicitó convertir una parte significativa de sus reservas en oro. Ante el riesgo de una corrida global contra las reservas estadounidenses, el presidente Richard Nixon anunció el cierre de la “ventana del oro”: el dólar dejaría de ser convertible en oro.

Ese acto, conocido como el “Nixon Shock”, marcó el fin del sistema de Bretton Woods y, en la práctica, del patrón oro internacional. Para 1976, el vínculo formal entre el dólar y el oro había desaparecido por completo. El mundo entraba en la era del dinero fiat, donde el valor de la moneda ya no se captura en un metal, sino en la credibilidad institucional del Estado. Desde entonces, la relación entre el oro y el dólar ha sido estructuralmente inversa en el largo plazo: cuando el poder adquisitivo del dólar se erosiona, el oro tiende a apreciarse como reserva de valor. No siempre ocurre de forma inmediata, pero históricamente el metal ha funcionado como termómetro de confianza monetaria.

Los usos modernos del oro

Piensa en tu teléfono celular, en el procesador de tu computadora, en la corona dental de tu abuelo o en el satélite que en este instante orbita sobre tu cabeza. Todos comparten algo en común: oro. El mismo metal que fascinó a faraones y emperadores, hoy sostiene parte de la infraestructura tecnológica del siglo XXI.

Aproximadamente el 52% del oro extraído en el mundo termina convertido en joyería. India y China lideran este consumo, impulsados por tradiciones donde el oro funciona como ornamento y como ahorro (y legado) familiar. La razón de su dominio en este segmento se debe a que no se oxida, no se corroe y mantiene su apariencia durante milenios. Un objeto fabricado hace 3,000 años puede conservarse intacto hoy. Esa durabilidad física explica buena parte de su valor cultural, y su popularidad frente a otros metales.

Ahora, el 17% de todo el oro del mundo se destina hoy a inversión, y esa cifra no para de crecer. Pero ¿cómo funciona exactamente? ¿Y por qué sube y baja? Hay cuatro formas principales de invertir en oro:

  1. El oro físico (lingotes, monedas como el Krugerrand o el Centenario mexicano) es la más directa: tienes el metal en mano, sin depender de bancos ni sistemas, su desventaja: pensar bien en dónde lo guardas.
  2. Los ETFs de oro, como el SPDR Gold Shares (GLD), dan exposición al precio del metal de forma completamente digital y sin custodia física, es la opción más accesible para los inversionista.
  3. Para perfiles más sofisticados están los futuros y opciones, contratos que apuestan al precio futuro del oro con alto potencial de ganancia, pero también alto riesgo.
  4. Y, por último, están las acciones mineras, que invierten en empresas extractoras: cuando el oro sube, estas acciones pueden subir aún más, pero añaden riesgos adicionales, como mala gestión operativa o problemas regulatorios.

Actualmente, se ha comprobado una fórmula: el precio del oro sube cuando el mundo tiene miedo y baja cuando recupera la confianza. Los factores que lo impulsan al alza son inflación alta, las tasas de interés, la inestabilidad geopolítica, el dólar debilitado y compras de bancos centrales. A la inversa, cae cuando las tasas suben, la economía crece y los mercados de capitales están sólidos.

GBM INSIGHT

La trampa común es comprar en el pico del miedo y vender en pánico. El oro no es para especular, sino para proteger. Quienes lo usan bien, lo mantienen como el 10% al 20% de su portafolio. Es el único activo que ha preservado su valor a través de todas las civilizaciones: imperios han caído, monedas han desaparecido, bancos han quebrado, y el oro sigue ahí.

El oro no solo está en bóvedas y portafolios

Cada smartphone contiene alrededor de 50 miligramos de oro, porque los circuitos electrónicos que operan con voltajes extremadamente bajos requieren máxima resistencia a la corrosión. Aunque otros metales conducen electricidad de manera eficiente, el oro ofrece estabilidad y confiabilidad superiores en condiciones críticas.

En medicina, el metal aparece en implantes cocleares, tratamientos de artritis reumatoide y, lo más prometedor, nanopartículas de oro que funcionan como vehículos microscópicos, llevando quimioterapia directo a células tumorales sin dañar tejido sano. La NASA, por su parte, no escatima en oro: los visores de los astronautas llevan una capa que filtra radiación infrarroja sin bloquear la visión, y los satélites van recubiertos con láminas que los protegen del calor extremo del espacio. En el espacio, donde un error puede ser mortal, la confiabilidad del oro justifica cualquier precio.

En arquitectura, las cúpulas doradas de Kiev o los techos del Criterion Restaurant en Londres. El vidrio con oro produce tonos rojizos profundos y regula la temperatura de edificios enteros. En cosmética, marcas como Dior y L’Oréal incorporan nanopartículas de oro en cremas antiedad, y en gastronomía, se utiliza como elemento decorativo de platillos.

La conclusión quizás es esta: el oro es al mismo tiempo el activo de refugio más antiguo de la humanidad y, a la vez, uno de los materiales más críticos de la tecnología moderna. Lo han valorado todas las civilizaciones, lo necesitan todos los satélites y, en cada crisis económica, se confirma como ancla. Quizás, quien verdaderamente entiende el oro, entiende cómo funciona el mundo.

GBM INSIGHT

Si quieres profundizar más en la historia del oro como refugio financiero y en sus similitudes con las criptomonedas, te dejamos este episodio de El Arte de Invertir, en el que Cometa y Javier comparten sus opiniones de este activo.

¿Te gustó este contenido? Haz que llegue a más gente.