30 de noviembre
Actualizado: hoy a las 1:43 pm
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The Story
El negocio que nunca dejó de sonar
La música siempre ha sido un espejo de su tiempo y, a la vez, un negocio que se reinventa cada vez que cambia la tecnología. De los vinilos en los estantes a los algoritmos que hoy definen lo que escuchamos, la industria ha sobrevivido a décadas de disrupciones y transformaciones. Cada formato nuevo trajo consigo una oportunidad distinta para distribuir, vender y conectar con el público.
Más que una historia del sonido, es una historia de adaptación. La música encontró la manera de seguir siendo rentable cuando todo parecía perdido. Transformó la forma en que se consume, se mide y se valora. Lo que antes dependía del genio de los artistas o del instinto de las disqueras ahora combina datos, suscripciones y propiedad intelectual.
Hoy en The Story exploramos cómo el negocio de la música pasó del vinil al algoritmo y cómo su transformación cambió para siempre la economía del entretenimiento.
Del vinil al algoritmo
Durante gran parte del siglo XX, la industria musical siguió una lógica sencilla: vender unidades. Vinilos, cassettes y CDs definieron el éxito de artistas. Cada nuevo formato implicaba una nueva fuente de ingresos y un ciclo de consumo asegurado. Las grandes disqueras controlaban la producción, la distribución y la promoción. Universal, Sony y Warner llegaron a concentrar más del 80% de la música grabada en el mundo.
A finales de los noventa, la llegada de internet alteró ese equilibrio. Napster y las descargas digitales abrieron la puerta a un acceso masivo que transformó la percepción del valor musical. Lo que antes se compraba comenzó a circular libremente en línea. En pocos años, las ventas físicas se desplomaron y la cadena de valor se rompió. Tiendas cerraron, las disqueras redujeron personal y los artistas buscaron nuevas formas de sostener su carrera. Entre 1999 y 2014, los ingresos globales del sector se redujeron de $27 mil a $14 mil millones de dólares, según la IFPI.
El problema no estaba en la música, sino en su modelo económico. Las compañías intentaron detener la piratería, pero el cambio cultural ya era irreversible. Las personas querían acceso, y de esa necesidad nació una nueva era: el streaming. Con la digitalización, la música se convirtió en un servicio continuo, basado en datos, suscripciones y propiedad intelectual, en donde el éxito se mide en clics.
Entre 1999 y 2014, la industria de la música perdió más de $13 mil millones de dólares en ingresos anuales según la IFPI; desde 2015 ha crecido a una tasa compuesta del 8.7% gracias al streaming. Hoy el sector está valuado en más de $90 mil millones de dólares, superando incluso el PIB de países como Eslovenia o Líbano.
El renacimiento del streaming
En 2006, una startup sueca llamada Spotify comenzó a cambiar la historia de la música moderna. Su promesa era poder escuchar todo lo que la historia nos ha dado sin tener que comprar nada. La idea, que parecía utópica en su momento, terminó por redefinir la economía de toda una industria. Para 2015, el streaming apenas representaba una fracción del negocio. Hoy, en 2025, genera más de dos terceras partes de los ingresos globales de la música, con más de 600 millones de usuarios con suscripción pagada en todo el mundo.
La transformación fue tecnológica y, a la vez, financiera. Las disqueras pasaron de depender de un lanzamiento exitoso a recibir flujos mensuales constantes. El riesgo disminuyó y el negocio se volvió predecible. Las grandes plataformas como Spotify, Apple, Amazon y Tencent concentraron la distribución global y, con ello, consolidaron márgenes operativos cercanos al 25% y tasas de retención superiores al 90%.
Spotify, con más de 240 millones de usuarios premium y presencia en 180 países, se convirtió en la pieza central del ecosistema. Su valor no está solamente en ser la plataforma de canciones, sino en entender los hábitos quienes las escuchas. Cada reproducción aporta un dato, cada lista de reproducción alimenta un algoritmo, y cada algoritmo aprende a predecir el siguiente clic. Spotify sabe lo que escuchas en las mañanas, lo que pones los viernes en la noche y la playlist que eliges para trayectos. En una era saturada de contenido, esa información vale tanto como el catálogo completo de un sello discográfico.
Las disqueras también aprendieron a moverse en este nuevo entorno. Universal Music Group, hoy valuada en más de $50 mil millones de dólares, obtiene casi el 70% de sus ingresos de plataformas digitales. Warner y Sony siguieron el mismo camino, en lugar de resistirse al cambio, decidieron integrarlo. Las alianzas con plataformas de streaming transformaron la relación entre tecnología y arte.
Spotify cotiza con una capitalización de mercado superior a $60 mil millones de dólares y genera más de $13 mil millones en ingresos anuales. Aunque sus márgenes netos son menores al 3%, su recurrencia lo posiciona como uno de los modelos más estables dentro del entretenimiento digital.
Los catálogos: el oro del siglo XXI
En los últimos años, la música encontró una nueva fuente de valor en un terreno que parecía inmutable: la propiedad intelectual. Durante décadas, los catálogos fueron un activo invisible dentro de las disqueras, una especie de bóveda que acumulaba derechos y regalías. Hoy se convirtieron en el corazón financiero de la industria. Entre 2018 y 2023, fondos especializados como Hipgnosis y Primary Wave destinaron más de $6 mil millones de dólares para comprar derechos de artistas tan distintos como Fleetwood Mac, Justin Bieber y Shakira. Gigantes financieros como Blackstone y KKR crearon vehículos exclusivos para adquirir canciones. Detrás de ese interés hay una lógica muy puntual: cada vez que una canción aparece en una película, un comercial o una playlist, produce flujo de efectivo.
Universal, Warner y Sony administran más de 3 millones de grabaciones, y dominan licencias, sincronizaciones y derechos editoriales. La música, antes un bien cultural, opera hoy como un activo de renta fija con vencimiento infinito. Taylor Swift convirtió sus nuevas grabaciones en un producto de alto valor al recuperar el control de su obra. Bob Dylan, Bruce Springsteen y otros artistas hicieron de sus catálogos transacciones multimillonarias.
Los catálogos musicales ofrecen rendimientos anuales del 6% al 9% ajustados por inflación. En un entorno de tasas elevadas, superan el desempeño promedio del real estate institucional y mantienen correlación casi nula con los índices bursátiles tradicionales.
El poder del escenario
El streaming salvó al negocio, pero las giras lo volvieron gigantesco. En 2024, Live Nation reportó ingresos por $23 mil millones de dólares, un aumento del 35% frente a 2019, con más de 145 mil conciertos organizados y 620 millones de boletos vendidos. Mientras el streaming paga fracciones de centavo, un tour puede superar los $500 millones de dólares en recaudación. Taylor Swift, Beyoncé, Coldplay y Bad Bunny rompieron récords de taquilla e impacto económico local. En ciudades como Londres o Buenos Aires, cada show puede inyectar más de $100 millones de dólares en consumo y turismo.
Live Nation Entertainment es una empresa global líder en conciertos y entretenimiento en vivo, que organiza eventos, administra venues y opera plataformas de venta de boletos como Ticketmaster. Live Nation y AEG controlan el 80% del mercado de conciertos, y Ticketmaster opera con márgenes que superan a los de cualquier disquera. El negocio ahora incluye monetizar la experiencia: boletos, patrocinadores, mercancía y datos. Las disqueras participan con contratos 360°, participando en giras, marcas y colaboraciones.
El precio promedio de un boleto subió 32% desde 2019, superando la inflación global. Live Nation opera con flujo libre de efectivo de 2.3 mil millones de dólares y cotiza a un múltiplo EV/EBITDA de 12 veces, comparable con grandes empresas de medios.
La música como activo perpetuo
El streaming, los derechos y las giras consolidaron a la música como una industria de ingresos recurrentes. Hoy la industria se sostiene con contratos, datos y suscripciones. Un artista puede generar millones sin estar en el top de popularidad, porque la atención se volvió un dividendo permanente. Universal, Sony y Warner concentran más del 70% del catálogo global y la mayoría de las regalías digitales. Su valor combinado supera los $100 mil millones de dólares, similar al de toda la industria automotriz japonesa. Además, la inteligencia artificial está impulsando nuevas formas de composición y recomendación, mientras plataformas como TikTok o YouTube transforman cada clip en una microtransacción.
El valor total de la industria musical supera los 90 mil millones de dólares y crece al 8% anual. En 2030 podría alcanzar los 150 mil millones, con Asia y Latinoamérica como los mercados de mayor expansión.
La música nunca ha sido estática. Cambia con la tecnología, con quienes la crean y con quienes la escuchan. Cada transformación abre un nuevo escenario donde el arte se mezcla con la economía y el sonido se convierte en lenguaje de inversión. El futuro apunta a una industria más abierta, impulsada por la inteligencia artificial, la descentralización y los creadores que entenderán su obra como un activo vivo. La música seguirá moviendo emociones, pero también capital, innovación y cultura. No hay un final posible para algo que evoluciona cada vez que alguien le da play.