11 de enero

Actualizado: hoy a las 1:44 pm

The Story

Medir para vivir mejor: el nuevo negocio del bienestar digital

Hoy en The Story de GBM exploramos cómo la obsesión por medirnos pasó de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en el nuevo lenguaje con el que entendemos el cuerpo y el negocio que lo rodea.

10 ENE 26

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Cada mañana, millones de personas despiertan y revisan algo más que sus mensajes. Consultan su frecuencia cardíaca, su sueño, sus niveles de recuperación o su glucosa. Es el nuevo lenguaje de la salud digital. En una década, los wearables pasaron de contar pasos a traducir el cuerpo en dato, lo que transformó, radicalmente, la relación entre tecnología, medicina y bienestar.

Lo que comenzó como un experimento marginal de ingenieros y biohackers, conocido como Quantified Self, se convirtió en una industria valuada en $71.9 mil millones de dólares en 2023, con proyecciones que superan los $231 mil millones para 2032. Relojes, anillos y sensores registran cada aspecto de la vida, desde el ritmo cardiaco hasta el efecto de una rebanada de pan en la glucosa. Lo que antes era un proyecto personal, hoy es un negocio que conecta hospitales, aseguradoras, farmacéuticas y gobiernos.

La pregunta ya no es si la tecnología puede ayudarnos a vivir más, sino qué haremos con el poder de conocerlo todo sobre nosotros mismos. Hoy en The Story de GBM exploramos cómo la obsesión por medirnos pasó de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en el nuevo lenguaje con el que entendemos el cuerpo y el negocio que lo rodea.

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El cuerpo conectado

A comienzos del año 2000, un grupo de ingenieros y científicos empezó a registrar su sueño, su alimentación y su rendimiento físico con herramientas caseras. Entre ellos destacaban Gary Wolf y Kevin Kelly, editores de Wired, quienes en 2007 bautizaron el movimiento como Quantified Self: la idea de que lo que se mide, mejora. Con el tiempo, esa práctica pasó de los foros de internet a los laboratorios de Silicon Valley. Lo que comenzó como un experimento individual se transformó en una filosofía que buscaba aplicar el análisis de datos, antes reservado a las empresas, al cuerpo humano.

Una década después, esa curiosidad se convirtió en industria. En 2015, el mercado de wearables rondaba los $8 mil millones de dólares; para 2021 ya superaba los $29 mil millones, y uno de cada cuatro adultos en Estados Unidos usaba un reloj o una banda. La promesa dejó de ser contar pasos y se volvió algo más ambicioso: traducir los ritmos del cuerpo en información concreta. La pandemia terminó de acelerar el cambio, con gimnasios cerrados y consultas médicas en línea, los relojes, anillos y parches pasaron de ser accesorios experimentales a monitores de salud. Aseguradoras comenzaron a subsidiarlos, hospitales los integraron a sus flujos clínicos y, por primera vez, millones de personas empezaron a ver su estado de salud en tiempo real. 

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El modelo de salud conectada ya está generando retornos visibles para las grandes aseguradoras. UnitedHealth Group (UNH), que cotiza en la Bolsa de Nueva York, ha integrado programas como UHC Motion, que recompensa con hasta $1,000 dólares anuales a los usuarios que cumplan metas de actividad usando dispositivos como Apple Watch, Fitbit o Garmin

La tecnología detrás de esta revolución es cada vez más precisa. Sensores ópticos, acelerómetros y algoritmos que aprenden con cada dato, transforman señales en lo que los expertos llaman biomarcadores digitales: patrones capaces de anticipar enfermedades o detectar cambios sutiles en el cuerpo antes de que aparezcan síntomas. El Apple Watch puede identificar fibrilación auricular, Fitbit cuenta con aprobación de la FDA para alertas cardíacas y Oura prueba sistemas de predicción de fertilidad y embarazo. Todavía hay un márgen de error, falsos positivos y dudas sobre la privacidad de los datos, pero la dirección es clara. El siguiente salto no será medir más, sino entender mejor lo que ya medimos para anticipar, prevenir y, quizá, redefinir lo que significa la salud.

 

Del reloj inteligente al ecosistema del cuerpo

Antes de que los wearables se convirtieran en laboratorios personales, su ambición era medir el movimiento. Garmin fue de los primeros en entender que la información podía ser un motor de disciplina. Sus relojes para corredores y ciclistas, lanzados a principios de los 2000, convirtieron el desempeño físico en algo cuantificable y, por tanto, mejorable. En 2010, la empresa dominaba el mercado del fitness tech con millones de dispositivos vendidos, una comunidad fiel y un modelo de hardware con márgenes sólidos. Pero su producto seguía anclado al deporte.

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Garmin Ltd. (ticker GRMN) salió a bolsa en el año 2000, listando sus acciones en el Nasdaq Global Select Market. Desde entonces, ha pasado de ser una empresa de GPS para aviación y automóviles a un referente en wearables deportivos y de salud, con líneas como Forerunner, Fenix y Venu. En 2024, la división de fitness representó el 28% de sus ingresos totales.

Apple vio algo más grande. Cuando presentó el primer Apple Watch en 2015, lo definió como una extensión del iPhone, pero su evolución lo transformó en algo distinto: una puerta al cuerpo. El reloj se volvió capaz de registrar el pulso, el sueño, la saturación de oxígeno y hasta la actividad eléctrica del corazón. En 2018, la FDA aprobó su función de detección de fibrilación auricular, marcando el primer puente entre la tecnología de consumo y la medicina preventiva. Desde entonces, el Apple Watch se ha convertido en uno de los productos más importante de la compañía.  

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Dentro del reporte financiero más reciente, Apple Inc. (AAPL) agrupa el Apple Watch dentro de la categoría Wearables, Home and Accessories, que en 2024 representó aproximadamente el 10% de los ingresos totales de la compañía, con ventas cercanas a $39 mil millones de dólares. Esta división incluye productos como AirPods, Apple Watch, HomePod y Apple TV, consolidando a Apple como líder en el ecosistema de dispositivos conectados.

Estos dispositivos marcaron el primer gran paso en la integración entre salud y tecnología. Pasaron de contar pasos a ofrecer diagnósticos, y de motivar al usuario a convertirse en fuente de datos clínicos. Hoy, el Apple Watch y Garmin siguen liderando en volumen, pero su mayor legado no está en las unidades vendidas, sino en haber legitimado la idea de que el cuerpo puede medirse todos los días. Su éxito sentó las bases para la siguiente generación de wearables, más pequeños, más precisos y, sobre todo, más íntimos.

 

Oura y Whoop: dos caminos hacia el cuerpo medido

Cuando los relojes inteligentes se volvieron masivos, dos compañías decidieron que el futuro del bienestar no estaba en la muñeca. Una nació en Finlandia y se obsesionó con el sueño. La otra surgió en Boston y convirtió la recuperación en una ciencia. Ambas cambiaron la forma en que pensamos la relación entre datos y cuerpo: Oura y Whoop.

Oura se presenta como una pieza de joyería. A simple vista, podría confundirse con un anillo de matrimonio, pero por dentro es un laboratorio. Mide temperatura, frecuencia cardíaca, variabilidad, oxigenación y movimiento, interpreta el estrés y la actividad durante el día y analiza el sueño con precisión cercana a la de un estudio clínico. Su aplicación traduce esos datos en tres índices diarios: sueño, preparación y actividad, con la promesa de conocer el cuerpo lo suficiente para anticiparse al agotamiento. En el cruce entre salud, diseño y lujo, Oura se convirtió en objeto de culto entre fundadores, celebridades y atletas. Su colaboración con Gucci consolidó su estética aspiracional, mientras que alianzas con marcas de bienestar como Eve ampliaron su presencia más allá del fitness. En paralelo, la empresa comenzó a integrar su tecnología en entornos institucionales en Estados Unidos, utilizando infraestructura provista por Palantir para cumplir con los estándares de seguridad requeridos en el sector salud.

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Oura, en 2025, tras una ronda Serie E de $875 millones de dólares, Oura alcanzó una valuación de $11 mil millones, consolidándose como la compañía que transformó el descanso y la recuperación en una nueva categoría de bienestar premium.

Whoop, en cambio, no busca parecerse a nada. Su banda de tela sin pantalla no muestra la hora ni notificaciones de WhatsApp. Mide lo que el usuario no puede sentir: la carga fisiológica, la calidad del sueño y la variación cardíaca. Cada mañana, en la app, enseña un score de recuperación, que indica cuánta energía tiene el cuerpo y cuánta carga puede asumir. Will Ahmed, su fundador y exatleta de Harvard, lo creo desde la idea de entrenar menos y recuperarse mejor, básicamente, optimizar la energía del cuerpo como si se tratase de una máquina. Los primeros años fueron duros, la empresa casi quiebra antes de sacar a la venta el modelo de suscripción, en el que el dispositivo está incluido sin costo adicional. Ese cambio la salvó y creó un flujo de ingresos predecible. Hoy LeBron James, golfistas del PGA Tour y equipos de la NFL usan Whoop para ajustar rutinas de descanso, sueño y esfuerzo.

Las dos marcas representan filosofías distintas: Oura mide bienestar y promueve equilibrio, Whoop mide rendimiento y busca optimización. Oura se alinea con el lenguaje del autocuidado, Whoop, con el de la competencia. Una habla de energía; la otra, de eficiencia. Pero ambas coinciden en una misma idea: el cuerpo ya no es solo biología, sino un sistema de información que se puede leer, interpretar, entender y mejorar.

 

Hacia dónde va el Quantified Self

La historia de los wearables apenas empieza. Lo que comenzó con relojes está evolucionando hacia una red de sensores que ya no solo mide lo que hicimos, sino lo que somos en tiempo real. Los nuevos monitores de glucosa, del tamaño de una moneda, permiten seguir cómo cada alimento altera los niveles de azúcar y energía. Sus gráficos son una radiografía continua del metabolismo. Lo que antes era dominio de los diabéticos ahora es parte del ritual de ingenieros, fundadores y atletas que buscan entender su cuerpo con la precisión de un laboratorio.

Sobre esa base se está construyendo el siguiente nivel: nutrición y comportamiento personalizados. Startups como Zoeo January AI combinan datos de glucosa, microbioma y ritmo cardiaco para crear modelos predictivos que indican cómo reaccionará el cuerpo ante cada comida, sueño o entrenamiento. Un algoritmo puede sugerir añadir nueces a un postre o caminar diez minutos después de cenar para estabilizar la glucosa. Otras compañías, como la israelí Sweetch, usan IA para ajustar metas y tonos de motivación según el estado emocional y la rutina de cada usuario. 

Este cambio revela la madurez de la economía del cuerpo: pasar de la medición a la intervención. Los dispositivos muestran datos mientras recomiendan, corrigen y actúan. Sin embargo, en esa promesa late una paradoja: cuantos más datos tenemos, más dependemos de ellos para decidir. La pregunta ya no es cuánto sabemos de nuestro cuerpo, sino quién interpreta esa información y con qué propósito. En ese dilema, entre autonomía y algoritmos, se define el futuro del bienestar digital.

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