8 de enero

Actualizado: hoy a las 11:18 am

The Story

The North Face, Patagonia y Arc’teryx hicieron de la vida outdoor un gran negocio

Hoy en The Story de GBM… exploramos cómo tres compañías nacidas entre montañas transformaron la aventura en una de las industrias más rentables y aspiracionales del siglo XXI.

03 ENE 26

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Cada invierno, las ciudades montañosas en las que neva se llenan de esquiadores, y eso activa todo un mercado: el de la venta de trajes para esquiar, chamarras que aguantan el clima y mucho más. Pero la industria outdoor no solo vive de esta temporada, también se ha activado con la popularización del hiking, del senderismo y de la vida al aire libre.  

Hoy, la economía outdoor no se limita al bosque: la mochila vive en las calles, en los clósets y en los portafolios de inversión. En un mundo que busca reconectarse con lo esencial, marcas como The North Face, Patagonia y Arc’teryx no solo visten al explorador contemporáneo, sino que encarnan una idea poderosa: la naturaleza puede ser lujo, innovación y negocio al mismo tiempo. Hoy en The Story de GBM… exploramos cómo tres compañías nacidas entre montañas transformaron la aventura en una de las industrias más rentables y aspiracionales del siglo XXI.

Un buen año no empieza con suerte, 
empieza con intención.

Patagonia: el propósito como modelo de negocio 

A mediados de los sesenta, mientras California era el epicentro del surf y la contracultura, un joven escalador llamado Yvon Chouinard comenzó a forjar pitones de acero en su taller de Ventura. Su obsesión era crear equipo resistente que no dañara la roca, es decir, un objeto que no comprometiera la conservación del medio ambiente. Sin saberlo, estaba fundando algo muy grande: un modelo de negocio articulado a través de la ética ecológica. 

En 1973 nació Patagonia, y con ella una forma distinta de entender los negocios. Décadas más tarde, Chouinard condensaría su filosofía en Let My People Go Surfing, un libro que es, casi, un manifiesto empresarial. En él, plantea que una compañía puede coexistir con el planeta y prosperar sin comprometer su propósito. Su cultura interna flexible (sí, la gente podía ir a surfear si había buenas olas), pero con altos estándares de desempeño, dio vida a una empresa distinta.  

Patagonia convirtió la sostenibilidad en una ventaja competitiva. Sus materiales reciclados, la trazabilidad en la cadena de suministro y los programas de reparación de prendas redujeron costos a largo plazo y reforzaron la lealtad de su cliente. En 2022, Chouinard dio un paso más allá al donar el 100% de la empresa a un fideicomiso ambiental. Con esa estructura, las utilidades se destinan a la conservación del planeta, garantizando independencia de los mercados financieros y alineación con su propósito original. 

Hoy, Patagonia mantiene márgenes operativos superiores al promedio de la industria y una comunidad global que funciona como extensión de la marca. La empresa no busca crecimiento exponencial, sino permanencia. Su rentabilidad proviene de la autenticidad, no del volumen. 

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Patagonia es el caso más citado en inversión con propósito. Su ejemplo impulsó la expansión de los fondos ESG, que podrían superar los 40 billones de dólares en activos para 2030. ETFs como SPDR S&P 500 ESG (EFIV) o iShares Global Clean Energy (ICLN) ofrecen exposición a compañías que integran impacto ambiental, social y de gobernanza en su estrategia de largo plazo.

The North Face: la aventura como estrategia de expansión 

En 1966, en el barrio de North Beach en San Francisco, Douglas Tompkins, un apasionado del esquí y la vida al aire libre, abrió junto a Kenneth Klopp una pequeña tienda llamada The North Face. No eran hikers profesionales, pero sabían que no existía una tienda especializada para personas que amaban la montaña. Su meta era tender un puente entre deportistas, diseñadores y tecnología textil. La tienda se convirtió rápidamente en referencia para exploradores de Yosemite. En 1968, Klopp asumió el control e industrializó su idea de negocio con el fin de escalar. Apostó por la innovación y los materiales sintéticos, expandió la línea de productos e introdujo una estrategia de distribución directa que sentó las bases del modelo outdoor moderno. 

En el año 2000, VF Corporation (NYSE: VFC), una empresa estadounidense especializada en indumentaria, ropa y calzado, adquirió The North Face, y eso era justo lo que se necesitaba para potencializar el alcance. Hoy, la marca genera más de 5,800 millones de dólares en ventas anuales y representa más del 55% de los ingresos del grupo, con márgenes brutos del 51%. Su combinación de rendimiento técnico y aspiración urbana ha sido clave para mantener el liderazgo, impulsada por colaboraciones con Gucci, Supreme y Online Ceramics. 

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El mercado global de ropa outdoor premium mantiene una trayectoria de crecimiento estructural: pasará de 8.9 mil millones de dólares en 2025 a 16.3 mil millones en 2035, impulsado por la demanda de prendas técnicas y la expansión del estilo de vida outdoor. Con un CAGR de 6.2%, este segmento se perfila como uno de los motores más atractivos dentro de la industria global de apparel, favoreciendo a marcas con posicionamiento técnico y alcance internacional.

Arc’teryx: ingeniería convertida en lujo 

A finales de los ochenta, en Vancouver, un grupo de hikers locales liderados por Dave Lane fundaron Rock Solid, un pequeño taller de arneses y equipo técnico. Poco después, el diseñador Jeremy Guard se unió al proyecto y le dio un nuevo nombre: Arc’teryx, inspirado en el Archaeopteryx, la primera ave capaz de volar. La metáfora no era casual, la marca nació con la intención de evolucionar lo que el outdoor podía ser. 

Su obsesión no fue el marketing, sino la precisión. Arc’teryx reinventó el diseño técnico introduciendo materiales impermeables, costuras termoselladas y una línea de producción artesanal en Canadá que garantizaba control total de calidad. En 1998, lanzó la primera chamarra con tecnología Gore-Tex 3L, marcando un antes y un después en el rendimiento de prendas para montaña. Con el tiempo, esa ingeniería extrema se transformó en estética: siluetas limpias, cortes precisos y una funcionalidad que atrajo tanto a alpinistas como a diseñadores de moda. 

En 2002, la marca fue adquirida por Amer Sports, un grupo finlandés que también controla marcas como Salomon y Wilson. Bajo su administración, Arc’teryx pasó de ser una empresa boutique a un fenómeno global. En 2024, Amer Sports (NYSE: AS) debutó en la Bolsa de Nueva York con una valuación de 10 mil millones de dólares, y Arc’teryx fue presentada como su joya de crecimiento, con márgenes brutos del 49%, superiores a los de Nike y Adidas. Hoy, su estrategia de “lujo técnico” combina producción limitada, cero descuentos y tiendas diseñadas como laboratorios de diseño. Cada prenda funciona como un activo de ingeniería: duradera, precisa y deseada. En un mercado saturado de storytelling, Arc’teryx vende lo opuesto, la autenticidad del silencio.

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Con ventas estimadas en $1,300 millones de dólares anuales y un crecimiento proyectado de 14% a tasa compuesta, Arc’teryx es uno de los motores de expansión más rentables dentro del portafolio de Amer Sports. Su modelo de exclusividad controlada y enfoque en innovación textil la posicionan como la marca que mejor conecta la tecnología con el lujo contemporáneo.

Cuando el outdoor se volvió algo más

Hubo un momento en el 2020 en el que algo cambió. Las ciudades se quedaron quietas y, de pronto, caminar se volvió una válvula de escape. Correr era una forma de volver a sentir el cuerpo. Acampar, una manera de recordar que el mundo seguía ahí afuera. En ese silencio extraño, muchas personas descubrieron la vida al aire libre por primera vez; otras la recuperaron. Lo que antes era un plan ocasional empezó a sentirse como un derecho básico: respirar, moverse, mirar el cielo.

Esa búsqueda de libertad abrió una puerta que nadie esperaba: la ropa técnica —la que antes solo usaban montañistas, escaladores o gente experta— empezó a cruzar la frontera del bosque hacia la vida diaria. Las mochilas para el senderismo llegaron a las oficinas, las chamarras impermeables aparecieron en cafés, conciertos y aeropuertos. Lo outdoor dejó de ser “actividad” para convertirse en estética, identidad, incluso refugio. Durante esos años, el mercado global de ropa y equipo de aventura creció más de 60%, impulsado por una nueva sensibilidad: la de elegir cosas que duren, que sirvan y que digan algo sobre cómo quieres vivir. En ese paisaje, Patagonia, The North Face y Arc’teryx representan tres formas distintas de escuchar la misma pregunta: ¿cómo se viste una generación que busca vivir con propósito, con intención y con más contacto con lo esencial? A este movimiento se le conoce como lujo funcional. Hoy, este segmento crece al doble del ritmo del lujo tradicional.  

Y así, casi sin darnos cuenta, las montañas dejaron de estar lejos. Se convirtieron en metáfora de una vida más simple, más consciente, más enfocada en lo que importa. Las marcas que entendieron este lenguaje —el del propósito, la ingeniería, la autenticidad— no solo conquistaron el clóset urbano: también conquistaron a los inversionistas. Porque en un mundo acelerado y lleno de ruido, el verdadero lujo no es lo que llama la atención, sino lo que nos acompaña sin fallar. Y quienes supieron unir ética, diseño y rendimiento están escribiendo, desde hace años, la próxima gran historia del outdoor.

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