28 de enero

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The Story

¿Un cafecito?

Hoy, en The Story de GBM, exploramos hablamos de cómo el café pasó de ser una bebida cotidiana a convertirse en una de las industrias de consumo más grandes, complejas y resilientes del mundo.

24 ENE 26

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Son las 8:42 a.m. y ya hay un lugar que tiene una fila larga y diversa, un hombre joven con ropa de ejercicio, una señora mayor con su perrita, una pareja con sus laptops bajo el brazo: la cafetería. No importa la ciudad o el contexto. A un café siempre se le responde “sí, por favor”, al despertarse, antes de salir de casa, de postre, entre juntas. Tomar café es una decisión aparentemente pequeña, casi automática, que se ha vuelto un ritual cotidiano.

Esa repetición es lo que vuelve al café tan interesante. Pocas decisiones de consumo se repiten con tanta frecuencia durante tantos años sin perder relevancia. El café no depende de una ocasión especial ni de una festividad específica, sino que se integra a nuestra rutina diaria. Y, detrás de cada taza, hay una red global que funciona en silencio todos los días: cultivo, cosecha, tostado, producción, empaque, logística, exportación y puntos de consumo.

Hoy, en The Story de GBM, exploramos hablamos de cómo el café pasó de ser una bebida cotidiana a convertirse en una de las industrias de consumo más grandes, complejas y resilientes del mundo.

Los cafés abren conversaciones, la asesoría
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De la tierra a la alacena

El café no nació como un producto global. Durante siglos fue una bebida regional, consumida principalmente en zonas de África y Medio Oriente. Su expansión comenzó cuando el comercio internacional lo llevó a Europa y, con él, a las ciudades cosmopolitas. A partir del siglo XVII, los cafés se transformaron en espacios clave de la vida urbana, lugares para intercambiar ideas, planear negocios y pensar el mundo. Conforme el consumo creció, la producción se desplazó hacia regiones con condiciones climáticas específicas, como América Latina, África y Asia. Estas zonas se especializaron en cultivar el grano, mientras que el consumo se concentró cada vez más en mercados urbanos desarrollados. Eran más toneladas de café las que viajaban, que las que se quedaban en la tierra que les dio vida, y esa separación marcó el modelo de la industria moderna.

Durante gran parte del siglo XX, el café operó como un commodity agrícola. El precio del grano se definía en mercados internacionales, la rentabilidad dependía del clima, y el volumen era la principal palanca de crecimiento. Para la mayor parte de la cadena, producir más era la única forma de escalar. Sin embargo, en las últimas décadas, el café dio un paso más. Dejó de ser únicamente algo que se toma y se convirtió en un lugar al que se va. Las cafeterías pasaron de ser puntos de abastecimiento a espacios de encuentro. Citas, juntas, reuniones con amigos o la oficina de cientos de nómadas digitales. Hoy, ir por un café ya es un plan en sí mismo.

Este cambio transformó la forma en que el café se vive y se consume. La experiencia alrededor de la bebida, el espacio, el tiempo que se pasa ahí y la sensación de pertenencia, empezó a valer tanto como el producto. El café se volvió parte del ocio cotidiano de la vida urbana y social, abriendo la puerta a nuevos modelos de negocio. En el valor ya no está solo en el grano, sino en todo lo que sucede alrededor de la taza, incluidos los baristas, que son una suerte de chefs del café.

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Hoy, más del 90% del café se produce en países en desarrollo, mientras que la mayor parte del valor económico se genera en mercados desarrollados. Esta asimetría explica por qué el café siempre ha estado expuesto a comercio internacional, tipo de cambio y ciclos de precios, y por qué el poder económico se fue desplazando hacia las etapas finales de la cadena, donde se capturan márgenes a través de marca, formato y distribución.

Dos imperios construidos sobre la misma taza

Cuando el café se consolidó como un hábito universal, el reto dejó de ser producirlo y pasó a ser organizar su consumo. Mantenerlo disponible, consistente y relevante para millones de personas todos los días requería escala, sistema y una lectura precisa del comportamiento del consumidor. De ese reto surgieron empresas que vendieron café y diseñaron todo lo que lo rodea.

Starbucks es el ejemplo perfecto, construyó su negocio alrededor del momento en que se toma el café. Sus tiendas se integraron a la vida contemporánea como espacios diseñados para repetirse una y otra vez, con ubicaciones estratégicas y una misma experiencia que se repetía sin importar la coordenada geográfica. El café funciona como punto de entrada, el verdadero activo es el flujo constante de personas dentro de su rutina diaria.

Con el tiempo, ese modelo convirtió una compra ocasional en un hábito recurrente. La personalización, familiaridad y consistencia hicieron que el precio dejara de depender directamente del costo del grano. Starbucks no vende café como producto aislado, vende conveniencia, previsibilidad y tiempo. Esa lógica le dio margen, estabilidad y la capacidad de crecer incluso cuando el consumo total de café no aumenta.

Nestlé, por su parte, organizó el café como infraestructura. En lugar de dominar el punto de venta, construyó un sistema capaz de acompañar al café en todas sus formas y momentos. Desde la incorporación del café como producto en 1938, han desarrollado tecnologías para el tostado, nuevas marcas y una plataforma de distribución y abastecimiento que les ha permitido operar a escala mundial. Hoy, el café es su categoría más grande y uno de los pilares de su modelo de negocio, que incluye desde café instantáneo, Nescafé, hasta cápsulas que patrocina George Clooney, Nespresso; tanto consumo en el hogar como fuera de él. Su fortaleza está en cubrir múltiples formatos y rangos de precio, es esta diversificación la que les permite absorber volatilidad, adaptarse a cambios en los hábitos de consumo y capturar valor a lo largo de toda la cadena.

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Las empresas que lideran en el sector cafetero no compiten por el grano, sino por el sistema que habilita el grano. Nestlé genera más de 25 mil millones de dólares al año solo en café y compra cerca del 10% de la producción mundial, usando escala y portafolio para capturar valor, mientras que Starbucks monetiza recurrencia y ubicación. En ambos casos, el margen se construye muy lejos de los cafetales.

La industria del café en números

Hoy, el café es una industria global valuada en 269 mil millones de dólares y se espera que alcance alrededor de 369 mil millones de dólares para el 2030, con un crecimiento anual de casi el 5.3%. Estamos hablando de una historia de expansión constante, sostenida y difícil de replicar en otras bebidas. Europa sigue siendo el mercado más grande, pero el mayor crecimiento viene de Asia Pacífico, donde el café todavía está construyendo hábito. Al mismo tiempo, el consumo fuera del hogar concentra la mayor parte del valor, mientras que el consumo en casa se ha sofisticado a través de cápsulas, café de especialidad, el uso de la prensa francesa y Chemex, así como cafeteras más sofisticadas de uso personal.

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El crecimiento del café ya no viene de beber más tazas, sino de beberlas distinto. La premiumización, el café frío y los formatos listos para tomar han elevado el ingreso por ocasión. Aunque el precio del café verde sigue siendo volátil y en 2025 rondó los 3 dólares por libra, su peso en el valor final es cada vez menor para los grandes operadores.

Por qué el café sigue importando

El café es una bebida que muy pocos quieren eliminar de su rutina, y con cada cafetería que abre, cada persona que busca en YouTube distintas formas de moler granos, y cada cafetera que se vende en un Black Friday, se alimenta toda una industria que se ha adaptado, escalado y reinventado. Somos una sociedad que, históricamente, se ha articulado a través de las bebidas que nos permiten vincularnos con los que queremos, así ha sido el café desde que empezó su consumo en comunidades y se extendió al resto del mundo.

Hoy, el café mueve toda una economía, no solo de bebida, sino también gastronómica y de accesorios. Quizás nos espera algo similar con el matcha o el cacao que, curiosamente, tienen un origen regional similar. 

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