Por qué tantos apuestan a una sola empresa (y por qué la sociedad lo necesita)

Comparte

En textos anteriores construí un caso que parece difícil de refutar: muy pocas empresas generan casi toda la riqueza, es prácticamente imposible saber cuáles serán por adelantado, y concentrar el patrimonio en una o dos apuestas añade un riesgo que el mercado no paga. La evidencia es abrumadora. Y, sin embargo, millones de personas —muchas de ellas inteligentes y bien informadas— siguen poniendo buena parte de su dinero en una sola empresa. ¿Son simplemente irracionales? La respuesta es más interesante, y se compone de dos partes: por qué lo hacen, y por qué, como sociedad, conviene que alguien lo siga haciendo.

 

Razón 1: la atracción de la lotería

Recuerde el hallazgo central: la riqueza de la bolsa se concentra en un puñado diminuto de grandes ganadoras. Eso convierte a las acciones individuales en algo parecido a un billete de lotería: casi todas decepcionan, pero unas pocas se multiplican de forma espectacular. Y a los seres humanos nos encantan los billetes de lotería.

Los estudios lo confirman: la gente paga de más por apuestas con una pequeña probabilidad de una ganancia enorme, aun cuando el rendimiento esperado sea bajo. Los inversionistas minoristas tienden a sobre ponderar precisamente las acciones más parecidas a un boleto —baratas, muy volátiles, con posibilidad de un gran salto—. No es solo un error de cálculo: es una preferencia. Comprar la acción de moda es comprar la ilusión, emocionante y real, de poseer a la próxima gran ganadora.

 

Razón 2: todos creemos ser la excepción

La segunda fuerza es el exceso de confianza. La mayoría de las personas se considera mejor que el promedio para elegir; matemáticamente imposible, pero psicológicamente universal.

La investigación sobre inversionistas individuales es contundente y poco halagadora: quienes más operan y más confían en su criterio son, en promedio, quienes obtienen los peores resultados. El exceso de actividad —comprar y vender persiguiendo la corazonada del momento— erosiona el rendimiento de forma sistemática. El problema no es la falta de inteligencia, sino la certeza de que uno es la excepción a una regla que solo aplica a los demás.

 

Razón 3: oímos a los ganadores, nunca al cementerio

Pensamos con historias, no con distribuciones. Y las historias que nos llegan están sesgadas: oímos del vecino que compró la acción correcta y se hizo rico, del conocido que entró temprano a la empresa que se disparó. No escuchamos de los diez que hicieron la misma apuesta y perdieron, porque esos no cuentan su historia en la comida familiar. Ese cementerio, invisible, distorsiona nuestra percepción de las probabilidades.

A esto se suma la familiaridad: concentramos en lo que creemos conocer —la empresa donde trabajamos, la de nuestro país, la de nuestra industria—. La familiaridad se siente como seguridad, pero no es diversificación. Muchos empleados han descubierto, de la peor manera, que tener su sueldo y sus ahorros en la misma empresa duplica el riesgo en lugar de reducirlo.

 

Razón 4: el placer y el significado

Hay una razón más, y no es un error: para mucha gente, apostar a una empresa es entretenido y significativo. Tiene una historia —”creo en esta compañía, en su fundador, en esta tecnología”—. Un fondo indexado global no tiene narrativa; es sensato y aburrido. Parte de lo que la gente compra al concentrar no es solo rendimiento esperado, sino emoción, identidad y pertenencia. Eso es legítimo, siempre que se reconozca como lo que es.

 

El giro de Taleb: la sociedad necesita a los apostadores

Aquí el argumento da un giro que conviene entender bien, y que Nassim Taleb ha expuesto con claridad. Que concentrar sea una mala apuesta para el individuo no significa que sea malo para la sociedad. Al contrario: es indispensable.

La innovación no surge de un plan central ni de apuestas seguras. Surge de una multitud de personas haciendo apuestas pequeñas y arriesgadas, la mayoría de las cuales fracasa, mientras unas pocas triunfan de forma tan grande que impulsan todo el progreso. Cada emprendedor y cada inversionista que arriesga en una empresa nueva es, sin proponérselo, parte de un experimento colectivo del que surgen las tecnologías y compañías que nos benefician a todos. La estructura es asimétrica: el que apuesta asume una pérdida probable y acotada; la sociedad se queda con una ganancia ilimitada e impredecible.

Taleb lo plantea casi como un acto de sacrificio: los tomadores de riesgo, en conjunto, pierden dinero como grupo respecto a una apuesta segura, pero su disposición a perder es lo que financia el avance del que todos nos beneficiamos. Lo que es bueno para el sistema —muchas apuestas independientes— no es bueno para cada apostador individual, que enfrenta una alta probabilidad de ruina. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo.

 

Por qué es bueno que siga pasando

Hay una segunda razón, más técnica, por la que conviene que la gente siga apostando a empresas individuales, y toca directamente a quien prefiere indexar.

Existe una paradoja clásica en finanzas: si absolutamente todos se limitaran a comprar el índice y nadie se molestará en analizar empresas, no habría quién descubriera los precios correctos, y el mercado dejaría de ser eficiente. La eficiencia de la que se benefician los inversionistas pasivos depende de que existan muchos inversionistas activos —la mayoría de los cuales, irónicamente, no le ganará al mercado— esforzándose por encontrar el precio justo. Dicho de otro modo: quienes concentran, analizan y apuestan son los que mantienen los precios informativos, y quienes indexamos viajamos gratis sobre ese trabajo. Sin los primeros, los segundos no podríamos existir.

A esto se suma lo evidente: alguien tiene que financiar a las empresas nuevas. Si nadie tomara el riesgo de invertir en compañías individuales jóvenes e inciertas, no habría capital para la innovación. La bolsa necesita apostadores tanto como necesita ahorradores prudentes.

 

La síntesis para usted

De todo esto se desprende una postura que no es de condena, sino de comprensión. La gente concentra por razones que mezclan lo racional —la preferencia por la lotería, el placer de la apuesta— con lo psicológico —el exceso de confianza, las historias sesgadas—. Y su actividad, en conjunto, financia la innovación y mantiene los mercados vivos. Está bien que exista.

Pero una cosa es entender por qué ocurre y celebrar sus beneficios colectivos, y otra muy distinta convertirse en el individuo que arriesga su futuro. Para usted, como persona que construye un patrimonio, la conclusión de siempre se mantiene intacta: el núcleo de su dinero pertenece a una cartera amplia y diversificada, porque ahí las probabilidades juegan a su favor.

Si le atrae la emoción de apostar a una empresa —participar en la lotería, respaldar una innovación en la que cree—, hágalo con una porción pequeña que pueda perder sin alterar su vida, no con lo que necesita para su retiro. Así participa del juego que a la sociedad le conviene que exista, sin ser usted quien pague la cuenta si sale mal.

Y calibrar exactamente esa frontera —cuánto al núcleo diversificado, cuánto a la apuesta, con qué límites— es una de las conversaciones más valiosas que puede tener con un asesor financiero profesional: no para prohibirle soñar, sino para que el sueño no ponga en riesgo lo esencial.

  • Barber, B. M., & Odean, T. (2000). “Trading Is Hazardous to Your Wealth: The Common Stock Investment Performance of Individual Investors.” Journal of Finance, 55(2), 773–806.
  • Barber, B. M., & Odean, T. (2001). “Boys Will Be Boys: Gender, Overconfidence, and Common Stock Investment.” Quarterly Journal of Economics, 116(1), 261–292.
  • Barberis, N., & Huang, M. (2008). “Stocks as Lotteries: The Implications of Probability Weighting for Security Prices.” American Economic Review, 98(5), 2066–2100.
  • Bessembinder, H. (2018). “Do Stocks Outperform Treasury Bills?” Journal of Financial Economics, 129(3), 440–457.
  • Grossman, S. J., & Stiglitz, J. E. (1980). “On the Impossibility of Informationally Efficient Markets.” American Economic Review, 70(3), 393–408.
  • Huberman, G. (2001). “Familiarity Breeds Investment.” Review of Financial Studies, 14(3), 659–680.
  • Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
  • Kumar, A. (2009). “Who Gambles in the Stock Market?” Journal of Finance, 64(4), 1889–1933.
  • Taleb, N. N. (2012). Antifragile: Things That Gain from Disorder. Random House.
  • Taleb, N. N. (2018). Skin in the Game: Hidden Asymmetries in Daily Life. Random House.

Autor

Julio Cacho

Autor

Julio Cacho

Miembro de la Facultad de Economía en Rice University, especialista en inversiones cuantitativas y gestión de riesgos con más de 20 años de experiencia. Ha publicado diversos artículos en revistas académicas. Actuario y Economista (ITAM) con Doctorado en Economía y Finanzas por Princeton University.
Quiero asesoría
Tu conversación con GBM Advisory