5 de septiembre

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The Story

El mall nunca debió ser un mall

Esta es la historia de Victor Gruen, el arquitecto que llevó una idea europea a Estados Unidos y terminó creando uno de los símbolos más poderosos del capitalismo moderno: el mall.

05 SEP 26

10 MIN DE LECTURA

A las afueras de Minneapolis, en medio de una nueva generación de suburbios estadounidenses, surgió en 1956 una construcción que cambiaría para siempre la forma en que millones de personas comprarían, convivirían y entenderían una ciudad. Bajo un mismo techo habría tiendas, restaurantes, espacios abiertos y lugares para reunirse. No sería solamente un edificio comercial, sino un intento por crear un nuevo centro urbano para una sociedad que estaba dejando atrás las calles tradicionales. 

Pero detrás de aquel proyecto existía una ironía. El hombre que imaginó el primer centro comercial moderno nunca quiso construir un lugar diseñado únicamente para vender productos. Quería construir una ciudad. 

Esta es la historia de Victor Gruen, el arquitecto que llevó una idea europea a Estados Unidos y terminó creando uno de los símbolos más poderosos del capitalismo moderno: el mall. 

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El nacimiento de una nueva idea 

En 1938 Europa atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia. Mientras millones de personas intentaban escapar de un continente marcado por la tensión política y la guerra, un arquitecto austriaco llamado Victor Gruen abandonó Viena y llegó a Estados Unidos. Gruen había crecido rodeado de una de las características más importantes de las ciudades europeas: los espacios públicos. En Viena, las plazas, los cafés y las calles no eran únicamente lugares de tránsito. Eran puntos donde las personas se encontraban, conversaban y construían una vida comunitaria. Para él, una ciudad no podía medirse solamente por sus edificios. Su verdadero valor estaba en las conexiones humanas que permitía crear. 

Pero en Estados Unidos fue testigo un cambio hacia una realidad distinta. Después de la Segunda Guerra Mundial, el país comenzó una transformación histórica. Millones de familias estadounidenses abandonaron los centros urbanos para mudarse a los suburbios. La economía crecía, la industria automotriz avanzaba y el sueño americano comenzaba a tomar una nueva forma. Una casa propia, un automóvil y una vida alejada del congestionamiento de las grandes ciudades era la vida a la que todos aspiraban. 

Pero estos nuevos proyectos residenciales tenían un problema. Había casas, había carreteras, había estacionamientos. Pero faltaba algo fundamental: Un centro. Los suburbios habían sido diseñados para vivir, pero no para encontrarse. Para comprar alimentos, visitar una tienda o reunirse con amigos, muchas veces era necesario tomar el automóvil y desplazarse varios kilómetros. 

Gruen observó esta situación y comenzó a imaginar una solución. ¿Qué pasaría si los suburbios pudieran tener su propia plaza? ¿Qué pasaría si fuera posible crear un espacio donde las personas pudieran caminar, convivir y realizar actividades cotidianas sin depender del automóvil? Su respuesta fue una idea completamente revolucionaria para la época: Crear una ciudad bajo un mismo techo. 

 

Una plaza europea en el corazón de América 

La visión de Gruen no se centraba en construir un conjunto de tiendas. Él imaginaba un espacio donde los comercios fueran solamente una parte de un ecosistema más grande. Su centro ideal tendría restaurantes, jardines, oficinas, servicios públicos, espacios culturales y áreas de convivencia. Las tiendas ayudarían a financiar el proyecto, pero no serían el propósito principal. 

El objetivo era recuperar aquello que se había perdido en el planteamiento de los nuevos suburbios: un lugar donde la comunidad pudiera reunirse. Era, en esencia, una versión moderna de la plaza europea, pero adaptada a una nueva realidad estadounidense. 

En 1956, esa idea salió del papel. En Edina, Minnesota, abrió sus puertas Southdale Center, considerado el primer gran centro comercial regional cerrado y climatizado de Estados Unidos. El proyecto sorprendió al público. Por primera vez, las personas podían caminar por un espacio protegido del frío extremo del invierno, rodeadas de tiendas, jardines interiores, esculturas, fuentes y áreas diseñadas para pasar el tiempo. 

Southdale no solamente vendía productos.Vendía una experiencia. Y precisamente ahí comenzó una transformación que cambiaría para siempre la historia del comercio. Lo que Gruen había imaginado como una nueva plaza urbana estaba a punto de convertirse en algo mucho más grande. El mercado había encontrado una oportunidad que cambiaría completamente el rumbo de su creación. 

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El nacimiento del mall estadounidense representó una combinación entre arquitectura y economía inmobiliaria. Al reunir consumidores, marcas y servicios en un mismo espacio, los centros comerciales crearon un nuevo modelo de negocio basado en ingresos recurrentes por renta, valorización de terrenos y concentración de actividad comercial.

Cuando una idea se convierte en modelo de negocio 

Southdale fue un éxito inmediato. La combinación era demasiado poderosa para ignorarla. El centro reunía grandes tiendas, pequeños comercios, restaurantes y entretenimiento en un solo lugar. Además, ofrecía algo que las calles comerciales tradicionales no podían garantizar: clima controlado, seguridad, estacionamiento y una experiencia diseñada para que las personas permanecieran durante horas. 

Los desarrolladores inmobiliarios entendieron rápidamente el potencial. Un mall no era solamente un edificio. Era una máquina capaz de concentrar consumidores en un mismo punto por tiempo prolongado. Cada tienda se beneficiaba del flujo de personas que atraían las demás. Las grandes cadenas funcionaban como anclas y llevaban tráfico a los comercios pequeños. Los propietarios cobraban rentas, los terrenos aumentaban de valor y las marcas ganaban acceso a miles de clientes sin necesidad de construir sus propias tiendas independientes. 

El modelo era tan rentable que comenzó a replicarse por todo Estados Unidos. En pocos años, los suburbios dejaron de tener solamente casas y carreteras. Ahora también tenían centros comerciales gigantescos rodeados de estacionamientos. Y mientras más crecía la población suburbana, más grande se volvía el negocio. 

Para las familias, el mall se convirtió en una nueva rutina. Era el lugar para comprar ropa, comer, ir al cine, pasear los fines de semana o simplemente pasar el tiempo. Para las empresas, era una oportunidad de estar cerca de un consumidor que ya había llegado con la intención de gastar. 

 

La ciudad que nunca se construyó 

Mientras el modelo se multiplicaba, una parte esencial de la idea original de Gruen comenzó a desaparecer. Gruen no había imaginado Southdale como un edificio aislado. Su plan era que el centro comercial estuviera rodeado por viviendas, escuelas, oficinas, servicios médicos y espacios públicos. El mall sería solamente el corazón de una comunidad mucho más amplia. 

Sin embargo, esa visión resultaba más difícil, más lenta y menos rentable que construir tiendas y estacionamientos. Los desarrolladores se quedaron con la parte más sencilla del proyecto: el comercio. En lugar de crear barrios peatonales alrededor de los malls, muchas ciudades construyeron enormes extensiones de asfalto. En lugar de conectar las nuevas zonas comerciales con transporte público, las diseñaron para recibir miles de automóviles. 

La plaza europea que Gruen había querido recrear quedó encerrada dentro de un edificio. Afuera, el peatón casi desaparecía. La ironía era evidente: el hombre que quería reducir la dependencia del automóvil había ayudado a crear un modelo urbano que dependía completamente de él. Para llegar al mall había que manejar; para salir del mall había que volver a manejar. 

Los centros comerciales sí lograron convertirse en puntos de encuentro. Durante décadas, adolescentes, familias, trabajadores y adultos mayores hicieron del mall una parte importante de su vida cotidiana. Pero ese encuentro ocurría en un espacio privado y comercial. No era una plaza pública donde cualquiera podía permanecer sin consumir. Era un lugar donde cada recorrido, cada vitrina y cada pasillo estaban diseñados alrededor de una misma idea: comprar. 

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El mall convirtió una idea urbana en un activo inmobiliario rentable: Concentraba tráfico, cobraba rentas a decenas de marcas y elevaba el valor de los terrenos a su alrededor. El incentivo era claro: era más rentable construir tiendas y estacionamientos que viviendas, escuelas y espacios públicos. 

La visión del arrepentimiento 

Victor Gruen siguió trabajando en proyectos comerciales durante años. Su despacho diseñó algunos de los centros comerciales más influyentes de Estados Unidos y su nombre se volvió inseparable de la historia del mall moderno. 

Pero mientras el modelo se expandía, Gruen veía cómo su visión original se deformaba. Las nuevas construcciones eran cada vez más grandes, más cerradas y más dependientes del automóvil. La idea de crear centros comunitarios había sido reemplazada por un modelo que priorizaba el consumo, la renta y el crecimiento inmobiliario. 

Con el tiempo, Gruen regresó a Viena. Y en 1978, durante una conferencia en Londres, resumió su frustración con una frase que se volvió legendaria. Dijo que quería renunciar a la paternidad de aquellos “desarrollos bastardos”. No era un rechazo al concepto original, sino a lo que el mercado había hecho con ella. Gruen quiso construir una ciudad comunitaria, y Estados Unidos la convirtió en una fórmula para el consumo masivo. 

 

El legado del mall 

Durante la segunda mitad del siglo XX, los centros comerciales se convirtieron en uno de los símbolos más visibles de la economía estadounidense. Representaban prosperidad, consumo y crecimiento suburbano. En muchas ciudades, se convirtieron en los centros de reunión. Hay generaciones enteras que crecieron pasando tardes en el cine, caminando por los pasillos o conociendo nuevas marcas detrás de una vitrina. 

Pero con el tiempo, el modelo comenzó a enfrentar nuevos retos. El comercio electrónico cambió la manera en que las personas compran. Las grandes cadenas cerraron tiendas. Muchos centros comerciales perdieron visitantes y algunos quedaron vacíos, convertidos en los llamados dead malls: enormes edificios que alguna vez fueron centros de actividad y que ahora luchan por sobrevivir. 

Sin embargo, la historia no termina ahí. Algunos de estos espacios están intentando transformarse. En lugar de depender únicamente de tiendas, comienzan a incorporar viviendas, oficinas, gimnasios, clínicas, restaurantes y espacios de entretenimiento. 

Irónicamente, muchos malls están regresando a la idea que Victor Gruen había propuesto desde el principio. Convertirse en pequeñas ciudades. Quizá esa sea la lección más interesante de esta historia. 

El mall moderno nació como un intento por recuperar la vida comunitaria que los suburbios habían perdido. El mercado lo convirtió en un símbolo del consumo masivo. Y ahora, décadas después, algunos de esos mismos espacios intentan volver a ser un centro de raunión y no solo un lugar para comprar. 

Porque, en el fondo, el mall nunca debió ser solo un mall. 

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