29 de agosto
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The Story
La industria farmacéutica: una industria que compite contra el tiempo
Todos hemos tomado un antibiótico, conocemos a alguien que vive con diabetes, hemos escuchado hablar de Ozempic o visto cómo una vacuna fue capaz de detener una pandemia. Los medicamentos forman parte de nuestra vida cotidiana, pero detrás de cada uno existe una historia mucho más compleja que una receta médica. Detrás de cada tratamiento hay una apuesta científica, una carrera empresarial y una competencia constante por descubrir, antes que nadie, la siguiente molécula capaz de cambiar al mundo.
Imagina descubrir una molécula. Una combinación de átomos tan específica que puede curar una enfermedad, aliviar un padecimiento o prolongar la vida de millones de personas. Ahora imagina que ese descubrimiento termina convirtiéndose en uno de los activos más valiosos del planeta. Lo que comienza como un hallazgo científico puede llegar a transformar industrias enteras, redefinir economías y convertir a una empresa en una de las más valiosas del mundo.
Pfizer, Merck, Novo Nordisk, Eli Lilly y AbbVie suman, juntas, más de 2 billones de dólares en valor de mercado. Sin embargo, esa riqueza no se explica por el tamaño de sus fábricas ni por la cantidad de medicamentos que producen. Se explica por algo mucho más difícil de construir: la capacidad de descubrir, desarrollar y proteger el conocimiento científico antes que cualquier otro.
Hoy, en The Story, vamos a entender el negocio detrás de la medicina. Cómo una industria aprendió a convertir los descubrimientos científicos en uno de los modelos de negocio más sofisticados del mundo. Recorreremos ese camino: desde la penicilina y la pastilla anticonceptiva hasta Ozempic, la inteligencia artificial y las terapias génicas, para descubrir cómo una sola molécula puede cambiar la vida de millones de personas… y, al mismo tiempo, convertirse en uno de los activos más valiosos de Wall Street.
Cuando la ciencia se convirtió en industria
En 1928, el bacteriólogo escocés Alexander Fleming regresó de vacaciones a su laboratorio en Londres y encontró una de sus placas contaminada por un hongo. En lugar de tirarla, notó algo extraordinario: alrededor del moho no sobrevivía ninguna bacteria. Había descubierto la penicilina. El problema era que un descubrimiento no bastaba para cambiar el mundo. El verdadero negocio empezó cuando la Segunda Guerra Mundial convirtió a la penicilina en una prioridad de Estado.
Empresas estadounidenses, entre ellas Pfizer, recibieron el encargo de resolver algo que la ciencia académica no podía: cómo fabricar penicilina a escala industrial. Pfizer compró una antigua planta de hielo en Brooklyn y, en cuestión de meses, la convirtió en la mayor fábrica de penicilina del mundo. Para el Día D, en 1944, la penicilina producida en Estados Unidos viajaba con las tropas aliadas a las playas de Normandía. Antes de la penicilina, una infección común podía matar a un soldado herido en el campo de batalla. Después, no.
Pfizer (PFE) no inventó la penicilina, pero fue una de las empresas que mejor supo industrializarla. Ese patrón se repite constantemente en los mercados: compañías como NVIDIA ( NVDA), TSMC (TSM) o Amazon (AMZN) tampoco inventaron todas las tecnologías que utilizan, pero sí construyeron la infraestructura necesaria para llevarlas a escala global.
Ese es el patrón que se repetiría durante todo el siglo: un descubrimiento científico, casi siempre accidental o incidental, seguido de una carrera industrial para escalarlo. La ciencia abre la puerta; los negocios deciden si esa puerta cambia al mundo o se queda cerrada en un laboratorio.
El segundo gran ejemplo tiene poco que ver con salvar vidas en un campo de batalla y mucho con reescribir la economía del siglo XX: la píldora anticonceptiva. Tras ser aprobada por la FDA en 1960, permitió que millones de mujeres planearan con mayor Certeza el momento de formar una familia, y con eso su educación y su carrera profesional. La economista y Premio Nobel Claudia Goldin demostró que ese cambio impulsó la participación femenina en profesiones como Derecho, Medicina y Negocios, y con ella una transformación permanente el mercado laboral. Por primera vez, un medicamento no solo prolongaba vidas; también cambiaba la forma de vivirlas.
Ni la penicilina ni la píldora fueron, en su origen, apuestas financieras espectaculares. Pero ambas demuestran algo que se repite en toda la historia farmacéutica: el verdadero impacto económico de un medicamento casi nunca se mide en la farmacia. Se mide en la forma en que reorganiza la vida de millones de personas.
El negocio de una sola molécula
Desarrollar un medicamento puede tomar décadas, costar miles de millones de dólares y aún así tener menos de un 10% de probabilidad de éxito. Si después de todo ese esfuerzo cualquier empresa pudiera copiar la molécula desde el primer día, el negocio farmacéutico simplemente no existiría. Por eso existe la patente, uno de los mecanismos más importantes del capitalismo moderno.
Una patente otorga a su propietario el derecho exclusivo de fabricar y comercializar un medicamento durante veinte años. Sin embargo, hay un detalle que cambia por completo la economía de la industria: ese reloj comienza a correr desde que se registra la molécula, no desde que llega a las farmacias. Como el desarrollo suele tomar entre diez y quince años, la mayoría de las farmacéuticas dispone de menos de una década para recuperar miles de millones de dólares en inversión antes de que aparezca la competencia.
Un ejemplo es Humira, el medicamento para enfermedades autoinmunes desarrollado por AbbVie. Durante años fue el medicamento más vendido del mundo y llegó a generar más de 21 mil millones de dólares en ventas anuales. Pero en 2023 perdió su exclusividad en Estados Unidos. En cuestión de meses comenzaron a aparecer biosimilares y las ventas iniciaron una caída que Wall Street llevaba años anticipando. En la industria farmacéutica existe incluso un nombre para ese momento: patent cliff. No es solo el vencimiento de una patente; es el instante en que uno de los activos más rentables de una empresa comienza a perder valor. Por eso una farmacéutica nunca puede depender de un solo medicamento.
Humira convirtió a AbbVie (NYSE: ABBV) en una de las farmacéuticas más rentables del mundo. Durante el periodo en que estuvo protegido por patente, el medicamento generó más de $200 mil millones de dólares en ventas acumuladas.
¿Por qué es tan esperable el patent cliff? Porque una vez que expira la patente, otras compañías pueden lanzar versiones genéricas, o biosimilares, en el caso de medicamentos biológicos, y competir por el mismo mercado. Lo que durante años fue un monopolio protegido por la innovación se convierte, casi de un día para otro, en una competencia por precio. Esa es la razón por la que un medicamento capaz de generar miles de millones de dólares puede perder una parte importante de sus ventas en apenas unos meses.
Mientras un producto domina el mercado, los laboratorios ya trabajan en el siguiente. A ese portafolio de moléculas en desarrollo se le conoce como pipeline, y para Wall Street, suele ser más importante que las ventas del presente. Los inversionistas no compran únicamente el medicamento que hoy genera ingresos; compran la probabilidad de que la siguiente molécula se convierta en el próximo Humira, Keytruda u Ozempic.
Esa presión explica por qué las farmacéuticas destinan entre 15% y 25% de sus ingresos a investigación y desarrollo. No es un gasto extraordinario; es el costo de seguir existiendo. Cada medicamento exitoso nace con una fecha de expiración y, cuando el siguiente descubrimiento no está listo, muchas veces la alternativa es salir a comprarlo. Durante la última década, compañías como Pfizer, Bristol Myers Squibb, Roche y Amgen han invertido decenas de miles de millones de dólares adquiriendo empresas biotecnológicas. No buscan fábricas ni edificios; buscan moléculas prometedoras capaces de convertirse en el próximo medicamento estrella. Porque, al final, el verdadero negocio de una farmacéutica consiste en comprar tiempo: tiempo para recuperar una inversión gigantesca, desarrollar el siguiente gran descubrimiento y mantener la exclusividad antes de que la competencia llegue.
Los medicamentos que cambiaron Wall Street
La mejor forma de entender esta industria no es a través de la teoría, sino de casos reales en los que un solo medicamento reescribió, literalmente, la valuación bursátil de una empresa entera… y, en algunos casos, hasta la economía de un país.
Durante décadas, Novo Nordisk fue reconocida principalmente por su liderazgo en tratamientos para la diabetes. Todo cambió con una molécula llamada semaglutida. Comercializada como Ozempic y Wegovy, demostró que era posible tratar la obesidad con una eficacia nunca antes vista. Lo que comenzó como un medicamento terminó creando una nueva categoría terapéutica y convirtió, por un momento, a Novo Nordisk en la empresa más valiosa de Europa.
Como ocurre con todos los grandes descubrimientos, el éxito nunca tarda en atraer competencia. Eli Lilly respondió con tirzepatida, comercializada como Mounjaro y Zepbound, con lo que inició una de las rivalidades más importantes de la industria farmacéutica moderna. En pocos años, ambas empresas generaron decenas de miles de millones de dólares en ventas y transformaron la obesidad en uno de los mercados más atractivos del mundo.
Durante décadas, Coca-Cola y Pepsi compitieron por el mercado mundial de bebidas. Hoy, la rivalidad más importante del sector salud es entre Novo Nordisk (NVO) y Eli Lilly (LLY). Ambas buscan liderar el mercado de medicamentos contra la obesidad, uno de los segmentos con mayor crecimiento proyectado de la industria farmacéutica.
Pero ningún caso iguala la velocidad con la que la vacuna contra el COVID-19 transformó a Pfizer y BioNTech. En menos de un año, una tecnología que llevaba décadas desarrollándose pasó del laboratorio a miles de millones de personas. Solo en 2021, Comirnaty generó cerca de 37 mil millones de dólares en ventas, y fue el medicamento con mayores ingresos anuales de la historia hasta ese momento. Sumada a Paxlovid, permitió que Pfizer superara por primera vez los 100 mil millones de dólares en ingresos en un solo año. Nunca antes una sola innovación había creado tanto valor en tan poco tiempo.
La vacuna contra el COVID-19 convirtió a Pfizer (PFE) en la primera farmacéutica de la historia en superar los $100 mil millones de dólares de ingresos en un solo año.
La obesidad y las vacunas son solo dos ejemplos. Merck continúa ampliando el alcance de Keytruda en oncología, mientras decenas de empresas compiten por desarrollar los próximos tratamientos contra el Alzheimer, enfermedades autoinmunes y padecimientos raros. Cada una de esas carreras persigue exactamente el mismo objetivo: descubrir la siguiente molécula capaz de redefinir una industria completa.
Sin embargo, la próxima revolución podría no comenzar en un laboratorio. Empresas como Isomorphic Labs, nacida de Google DeepMind, Recursion Pharmaceuticals y Tempus AI están utilizando inteligencia artificial para identificar moléculas prometedoras, analizar millones de datos biológicos y reducir el tiempo necesario para desarrollar nuevos tratamientos. Si esa apuesta funciona, la próxima gran ventaja competitiva dejará de depender únicamente de la química o la biología y comenzará a construirse también con algoritmos. Cada generación ha tenido un medicamento que redefinió la industria. La penicilina. La insulina. La píldora anticonceptiva. Keytruda. Humira. Ozempic. La única pregunta es cuál será el siguiente.
¿Qué hace diferente a una farmacéutica de cualquier otra empresa?
La historia de la industria farmacéutica es, en realidad, la historia de una carrera permanente contra el tiempo. Cada gran descubrimiento transforma la medicina, crea mercados completamente nuevos y tiene el potencial de convertir a una empresa en una de las más valiosas del planeta. Pero, al mismo tiempo, cada negocio de un medicamento nace con una fecha de expiración. Desde el día en que una molécula llega al mercado, el reloj empieza a correr y la búsqueda del siguiente descubrimiento ya comenzó.
Esa es la paradoja que hace única a esta industria. Mientras otras empresas construyen fábricas, tiendas o plataformas tecnológicas que pueden durar décadas, las farmacéuticas construyen conocimiento. Su activo más importante no es una planta de producción ni una marca; es la capacidad de descubrir, proteger y desarrollar la próxima molécula antes de que la anterior pierda su exclusividad. Por eso invierten miles de millones en investigación, adquieren empresas biotecnológicas y hoy recurren a la inteligencia artificial para acelerar ese proceso.
Al final, las farmacéuticas no venden únicamente medicamentos. Venden tiempo: de vida para los pacientes y de exclusividad para financiar el siguiente gran descubrimiento. Porque si algo demuestra la historia de esta industria es que la próxima molécula capaz de cambiar el mundo probablemente ya se está desarrollando en algún laboratorio… y quien la encuentre primero también podría convertirse en el próximo gran ganador de Wall Street.