15 de agosto

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NVIDIA: La compañía que enseñó a las máquinas a pensar

Hoy en The Story te contamos cómo con apenas unos cientos de dólares y mucho más optimismo que certezas, nació NVIDIA, empresa que hoy es de las más grandes en el mundo.

15 AGO 26

8 MIN DE LECTURA

La historia de NVIDIA no comenzó en un laboratorio futurista ni en una oficina llena de pantallas. Comenzó en un Denny’s, una cafetería sencilla de San José, California. Ahí, entre café y servilletas llenas de ideas, tres ingenieros; Jensen Huang, Chris Malachowsky y Curtis Priem, discutían la posibilidad de que el futuro de la computación no estuviera en procesadores tradicionales, sino en chips capaces de procesar imágenes y gráficos a velocidades nunca antes vistas.

Era 1993 y la apuesta parecía absurda. Las computadoras personales apenas podían correr videojuegos simples, internet todavía era un lujo y hablar de inteligencia artificial sonaba más a ciencia ficción que a negocio. Sin embargo, Jensen Huang creía que algún día las computadoras necesitarían procesar millones de cálculos al mismo tiempo y que los gráficos eran apenas el primer paso hacia una revolución tecnológica mucho más grande.

Hoy en The Story te contamos cómo con apenas unos cientos de dólares y mucho más optimismo que certezas, nació NVIDIA, empresa que hoy es de las más grandes en el mundo. El nombre venía de la palabra latina invidia, relacionada con la envidia, porque querían construir tecnología que hiciera que todos los demás parecieran atrasados. El problema era que sobrevivir parecía casi imposible.

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Al borde del colapso

Los primeros años fueron brutales. NVIDIA quemaba dinero rápidamente y sus primeros chips no tuvieron el éxito esperado. La empresa estuvo cerca de desaparecer varias veces y Jensen Huang llegó a decir años después que, si hubiera sabido lo difícil que sería construir NVIDIA, probablemente nunca habría comenzado.

La industria de los videojuegos avanzaba demasiado rápido y cada error costaba millones de dólares. Entonces apareció una oportunidad inesperada. SEGA, una de las gigantes del gaming en esa época, invirtió millones de dólares para ayudar a NVIDIA a sobrevivir mientras desarrollaba nueva tecnología gráfica. Ese dinero salvó a la empresa y también le compró tiempo. Y el tiempo terminaría convirtiéndose en la ventaja más importante de NVIDIA.

En 1999, la compañía lanzó la GeForce 256, considerada por muchos la primera GPU moderna del mundo. Era una nueva categoría de procesador diseñada para manejar enormes cantidades de cálculos visuales de manera simultánea. Ese lanzamiento redefinió los videojuegos y cambió la manera en que las computadoras renderizaban imágenes. Ese mismo año, NVIDIA salió a bolsa. Muy pocos entendían que, detrás de los videojuegos, se estaba construyendo la infraestructura tecnológica del futuro.

Mientras el mundo simplemente veía videojuegos más realistas, Jensen Huang supo reconocer que las GPUs tenían la característica única de poder ejecutar miles de tareas pequeñas al mismo tiempo. Eso las hacía perfectas para problemas científicos, simulaciones complejas y, eventualmente, inteligencia artificial. El problema era que nadie las usaba para eso. La mayoría de las empresas tecnológicas seguían obsesionadas con los CPUs tradicionales, mientras NVIDIA apostaba miles de millones de dólares en una idea que todavía no tenía mercado claro.

En 2006 lanzaron CUDA, una plataforma que permitía a desarrolladores usar GPUs para resolver problemas más allá de los gráficos. Fue una decisión silenciosa. Wall Street casi no reaccionó y pocos entendieron la importancia estratégica de esa tecnología. Pero dentro de universidades y centros de investigación, algo comenzó a cambiar. Investigadores de todo el mundo descubrieron que podían entrenar modelos complejos muchísimo más rápido usando GPUs de NVIDIA. En ese momento, la empresa dejó de ser solamente una compañía de videojuegos y comenzó a convertirse en una empresa de infraestructura computacional.

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Muchos comparan a NVIDIA con los vendedores de palas durante la fiebre del oro de California en el siglo XIX. En ese entonces, miles de personas intentaron hacerse ricas buscando oro, pero quienes realmente construyeron fortunas constantes fueron las empresas que vendían las herramientas, ropa y suministros necesarios para todos los mineros. Hoy, la inteligencia artificial vive una fiebre similar: muchas compañías compiten por desarrollar modelos y aplicaciones de IA, pero NVIDIA se ha convertido en quien vende las “palas” de esta nueva revolución, al dominar el mercado de chips y hardware indispensables para entrenar y operar sistemas de IA a nivel mundial.

El nuevo petróleo

En 2012 ocurrió algo que transformó la historia de la inteligencia artificial. Un grupo de investigadores utilizó GPUs de NVIDIA para entrenar una red neuronal llamada AlexNet. El modelo ganó una competencia de reconocimiento de imágenes con una ventaja aplastante y demostró que las redes neuronales podían alcanzar niveles de precisión nunca antes vistos.

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Se estima que la inteligencia artificial podría aportar entre $15 y $25 trillones de dólares a la economía mundial durante la próxima década, principalmente gracias al aumento de productividad, automatización y creación de nuevas industrias. Firmas como PwC, McKinsey & Company y Goldman Sachs consideran que la IA tendrá un impacto económico comparable al de Internet o la revolución industrial, y transformará sectores como salud, finanzas, manufactura, software y educación.

Ese momento fue una señal para toda la industria tecnológica. La IA moderna necesitaba exactamente el tipo de hardware que NVIDIA llevaba años construyendo. Lo más impresionante es que NVIDIA no había creado esas GPUs pensando específicamente en inteligencia artificial. Simplemente había desarrollado tecnología extremadamente poderosa y flexible. Cuando el mundo finalmente necesitó esa capacidad, NVIDIA ya llevaba casi dos décadas de ventaja.

Empresas como Google, Meta, Microsoft y OpenAI comenzaron a comprar cantidades gigantescas de GPUs. De pronto, NVIDIA pasó de vender tarjetas gráficas para gamers a  vender los motores que impulsaban la revolución de la inteligencia artificial.

Durante años, el petróleo definió la economía mundial. Hoy, muchos creen que los chips son el nuevo recurso estratégico del planeta y NVIDIA se convirtió en la compañía más importante de esa nueva era.

Cuando ChatGPT explotó globalmente en 2022, el mercado entendió de golpe que entrenar inteligencia artificial requería una cantidad gigantesca de poder computacional y casi nadie podía ofrecerlo a la escala de NVIDIA. Sus chips H100 y posteriormente Blackwell se transformaron en piezas críticas para construir centros de datos de IA. Las grandes tecnológicas comenzaron una carrera multimillonaria para asegurar suministro.

El mercado bursátil reaccionó con una velocidad histórica. NVIDIA pasó de ser una empresa admirada en Silicon Valley a convertirse en una de las compañías más valiosas del planeta. Sin embargo, el verdadero activo de NVIDIA era el ecosistema. Durante más de veinte años, la empresa construyó software, herramientas y relaciones con desarrolladores. CUDA se volvió tan dominante que cambiar de plataforma era extremadamente costoso para clientes e investigadores. Ese fue el verdadero castillo defensivo de Jensen Huang. NVIDIA no vende únicamente hardware; vende la infraestructura completa sobre la que hoy se construye el futuro de la inteligencia artificial.

 

La filosofía detrás del imperio

Jensen Huang suele decir que NVIDIA sobrevivió porque aprendió a soportar el dolor. La compañía pasó años cerca del fracaso, cometió errores costosos y apostó por mercados que todavía no existían. Pero esa misma presión creó una cultura obsesionada con pensar a largo plazo. Mientras muchas empresas tecnológicas optimizaban el siguiente trimestre, NVIDIA construía herramientas para problemas que llegarían diez o veinte años después. Esa paciencia terminó convirtiéndose en una ventaja competitiva gigantesca.

La historia de NVIDIA es la historia de cómo las mayores revoluciones suelen parecer ideas ridículas al principio. Tres ingenieros en una cafetería imaginaron un futuro que nadie veía y, décadas después, sus procesadores terminaron impulsando autos autónomos, supercomputadoras, robots y sistemas enteros de inteligencia artificial. Lo extraordinario de NVIDIA es que, contra toda intuición, apostó por el futuro mucho antes de que el futuro pareciera real.

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