10 de mayo
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The Story
Andrew Carnegie: El hombre de acero
Era 1848, Estados Unidos acababa de salir de una guerra con México, el país todavía no tenía ferrocarriles que lo conectaran de costa a costa y la economía era mayoritariamente agrícola. En ese contexto llegó una familia escocesa con poco dinero y muchas deudas a Pittsburgh, Pennsylvania: los Carnegie. Andrew Carnegie llegó a Estados Unidos sin un centavo y terminó siendo, en su momento, el hombre más rico del mundo. Su historia no es solo la de un empresario exitoso, sino la de cómo una persona con una combinación de visión, ambición y disposición absoluta redefinió la economía de toda una nación.
Hoy en The Story, hablamos de Andrew Carnegie, un migrante escocés que ayudo a construir la historia de Estados Unidos. Un agradecimiento especial a la docuserie The Men Who Built America del History Chanel por documentar la vida de Carnegie con la profundidad que merece.
Tom Scott: ¿el hombre que le enseñó a ver el dinero?
El padre de Andrew, Will Carnegie, vendió todas sus pertenencias en Escocia para poder pagar el viaje a América. Se instalaron en Pittsburg, pero el negocio familiar fracasó rápido. Y Andrew, con apenas 13 años, tuvo que empezar a trabajar. Consiguió trabajo como mensajero en una empresa de telégrafos, ahí aprendió a “leer” los mensajes solo con el sonido del aparato, sin necesidad de papel. Esa habilidad lo llevó a convertirse en operador de telégrafo y, eventualmente, a llamar la atención de Thomas Scott, superintendente de la división occidental del Pennsylvania Railroad, un puesto operativo importantísimo en una de las ferroviarias más grandes de Estados Unidos.
Thomas Scott fue más que un jefe para Carnegie, fue su primer maestro de negocios, la persona que le mostró cómo funciona el mundo real del capitalismo. Scott introdujo a Carnegie en su primera inversión, alertándolo sobre la venta de diez acciones de la Adams Express Company, una empresa dedicada al transporte de paquetería. La madre de Carnegie hipotecó su casa para conseguir los $500 dólares que necesitaban y esa apuesta familiar funcionó. Poco después, Carnegie comenzó a invertir en los vagones dormitorio de los ferrocarriles, dos años después, ya generaba retornos anuales de $5,000 dólares, más de tres veces su salario en el Pennsylvania Railroad.Esta fue la primera lección de finanzas para Andrew: el dinero por el que trabajas te hace sobrevivir, el dinero que inviertes te hace rico. Carnegie lo entendió a los 20 años. Para 1859, con apenas 24 años, Carnegie ya era responsable de toda la División Occidental del Pennsylvania Railroad.
El puente, el acero y todo o nada
La guerra civil de Estados Unidos fue, paradójicamente, un acelerador económico enorme. La necesidad de mover tropas, armas y suministros por todo el país con agilidad mostró una debilidad en la infraestructura estadounidense: los puentes de madera y los rieles de hierro no aguantaban el ritmo. Scott notó la necesidad de construir un puente sobre el río Mississippi para conectar el este y el oeste del país, y Carnegie fue designado líder del proyecto. Era una tarea enorme, y Carnegie sabía que el hierro no aguantaría ni el peso ni la corriente del río, así que optó por el acero, este material estaba volviéndose popular en la industria, especialmente por Bessemer, que recién había inventado un proceso que le permitía producir y tratar el acero de forma rápida y a mayor escala.
Desde el punto de vista financiero, esto fue un movimiento clásico de first mover advantage: quien domina una nueva tecnología antes que los demás define las reglas del mercado durante décadas.
Para demostrar que el acero era seguro y que el puente aguantaría, Carnegie organizó una escena que pasaría a la historia: un elefante cruzó por la estructura. Si podía con el elefante, podía con cualquier tren. El mensaje llegó, el acero funcionaba, y Carnegie era el hombre que lo podía proveer.
La rivalidad que construyó un imperio
Los grandes imperios empresariales no se construyen en el vacío, se construyen en respuesta a una rivalidad. La de Carnegie fue con John D. Rockefeller.
Antes de que Carnegie pudiera ver el potencial completo del acero, su mentor Tom Scott murió en 1881. Sus últimos años de vida estuvieron atravesados por una competencia feroz con Rockefeller, mientras Scott transportaba petróleo vía tren, Rockefeller lo estaba haciendo con oleoductos, largas tuberías que recorren cientos de kilómetros, y estaba siendo más exitoso. Con la muerte de Tom, Carnegie juró vengarse y superar a Rockefeller. Esa promesa personal se convirtió en el motor de uno de los imperios industriales más grandes de la historia.
Para dominar el acero, Carnegie construyó algo que ningún competidor tenía: control total de la cadena de producción. Compró minas, fuentes de carbón, ferrocarriles para transportar materiales, todo bajo la empresa que llamó Carnegie Steel. Fue el primero en diversificar la producción de rieles de acero hacia formas estructurales, y reinvirtió constantemente las ganancias de la empresa en modernización y expansión, aunque eso generara desesperación en sus socios.
Los economistas llaman a esto integración vertical, pero para Carnegie era sentido común: si dependes de alguien más para un insumo clave, estás a su merced.
Henry Frick fue el hombre que Andrew no
Para seguir creciendo y ganarle a Rockefeller, Carnegie necesitaba a alguien que ejecutara sin pensarlo y sin importar quien se ponga en el camino. Alguien dispuesto a hacer lo que Carnegie no podía hacer, ese alguien fue Henry Clay Frick. Carnegie contrató a Frick como su mano derecha para alcanzar el objetivo de dominar la industria del acero. La alianza entre ambos parecía prometedora, pero Carnegie no sabía que Frick estaba llevando sus fábricas más allá de su capacidad.
Frick recortaba gastos por todos lados. Era inteligente, sobrio e indiferente a las consecuencias de sus decisiones, el fin justificaba los medios y él lo sabía. Sin embargo, esas decisiones muy pronto terminarían en un costo catastrófico. Frick compró terrenos al este de Pittsburgh y construyó un club exclusivo para los hombres más ricos de Estados Unidos, el club estaba sobre un lago artificial que él mismo controlaba. Pero la presa era vieja y estaba deteriorada y un día de lluvias intensas en 1889, la presa no aguantó.
La inundación de Johnstown mató a más de 2,000 personas. Carnegie se sintió responsable por lo ocurrido, y su impulso inicial de buscar venganza contra Rockefeller quedó completamente eclipsado. Construyó el Carnegie Hall en Nueva York, en gran medida, como un gesto de redención pública. No sabía que lo peor estaba por venir.
Homestead manchó un legado
Carnegie Steel era el negocio más rentable de Estados Unidos y, precisamente por eso, Frick decidió que era el momento de apretar. Quería reducir los salarios y no renovar el contrato con el sindicato, esto generó un problema, pues todos los trabajadores de la fábrica estaban sindicalizados y pertenecían al Amalgamated Association of Iron and Steel Workers, llevaban años negociando buenas condiciones laborales. Además, Carnegie y Frick construyeron una barda de más de 3 metros de alto con alambre de púas alrededor de la planta de acero de Homestead, y esa fue la gota que impulsó una huelga de trabajadores.
Carnegie estaba públicamente a favor a los sindicatos, condenaba el uso de rompehuelgas y decía a sus socios que ninguna planta de acero valía una sola gota de sangre. Pero, en privado, estuvo de acuerdo con Frick en romper el sindicato. Esa contradicción entre la imagen pública y la realidad privada es quizás el capítulo más oscuro de su historia.
Frick contrató a la agencia Pinkerton National Detective Agency, que en su apogeo tenía más empleados que todo el ejército de los Estados Unidos, e intentó introducir 300 agentes en barcas por el río antes del amanecer del 6 de julio. Los trabajadores los detectaron y el enfrentamiento fue violento, murieron 14 personas. Carnegie estaba en Escocia cuando ocurrió, quería mantenerse lejos del escándalo. En el periodo posterior a la ruptura del sindicato, las ganancias de Carnegie Steel se dispararon a 106 millones de dólares, mientras los salarios de los trabajadores calificados bajaron un 20% y sus jornadas aumentaron de 8 a 12 horas. La eficiencia económica tuvo un precio humano que nunca se borró de su reputación.
J.P. Morgan y el trato del siglo
Para el cambio de siglo, Carnegie Steel producía casi tanto acero como todo Gran Bretaña, era un monopolio. Y eso hizo que se convirtiera en el objetivo del hombre más poderoso de Wall Street: J.P. Morgan. Inicialmente Carnegie se mostró reacio a vender. Pero tras insistencia repetida de Morgan, Carnegie dio su precio: una suma escandalosamente inflada. Morgan aceptó sin dudar.
En 1901, Carnegie vendió su empresa a J.P. Morgan por 480 millones de dólares, equivalentes a aproximadamente 17,400 millones en dinero de hoy. Morgan consolidó Carnegie Steel con otras nueve compañías para formar U.S. Steel Corporation, capitalizada en 1,400 millones de dólares. Era la primera empresa de mil millones de dólares en la historia de Estados Unidos. Y, por su parte, Carnegie a los 66 años, se convirtió en la persona más rica del mundo.
El evangelio de la riqueza
Lo que Carnegie hizo después de retirarse es tan relevante como lo que hizo durante su vida empresarial. Y, en muchos sentidos, es más fascinante. Carnegie creía con convicción en una idea que publicó en un ensayo famoso: “El hombre que muere rico, muere deshonrado”,
Desde 1901 hasta su muerte en 1919, Carnegie distribuyó 350 millones de dólares en escuelas, bibliotecas, universidades y obras públicas, principalmente en el mundo aglosajón. Financió la construcción de 2,509 bibliotecas públicas en todo el mundo. Carnegie Mellon University, Carnegie Hall, el Carnegie Endowment for International Peace, todas ellas llevan su nombre y su dinero. La ironía es que, a pesar de todo su esfuerzo por dar, Carnegie murió siendo aún rico. En su testamento, donó 30 millones de dólares, la mayor parte de su fortuna restante, a la Carnegie Corporation, con la esperanza de que contribuyera a establecer leyes internacionales y a promover la paz mundial.
Lo que Carnegie nos deja
La historia de Andrew Carnegie es incómoda porque no es blanca ni negra. Es un hombre que salió de la pobreza extrema y construyó algo que cambió la fisonomía de un país. Que apostó por el acero cuando nadie creía en él, que dominó la cadena de valor antes de que ese concepto existiera, que vendió en el momento exacto al comprador correcto. Y también es el hombre que se tapó los ojos mientras sus trabajadores, los que habían sido leales a su proyecto, eran masacrados en Homestead, que contrató a Frick sabiendo exactamente lo que haría, que usó el discurso público de la dignidad laboral para cubrir decisiones que hacían exactamente lo contrario.
El capitalismo del siglo XIX construyó las ciudades, los ferrocarriles y los rascacielos del mundo moderno. Carnegie fue su personaje más completo, más brillante y, también, más contradictorio.