20 de abril

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The Story

Heinz y Kraft: Ketchup, macarrones y el precio de la ambición

Hoy en The Story, te contamos cómo pasaron de ser los reyes de la industria a tener que reinventarse por completo, enfrentándose a un dilema existencial: dividirse para sobrevivir o apostar cientos de millones de dólares para mantenerse unidos.

18 ABR 26

10 MIN DE LECTURA

Si abres tu refrigerador o tu despensa en este momento, es muy probable que te encuentras con un bote de Ketchup con el número 57, un paquete de queso amarillo envuelto individualmente o esa caja azul de macarrones que ha alimentado a generaciones. Estamos hablando de Kraft Heinz, la quinta empresa de alimentos más grande del mundo, que genera más de $27,000 millones de dólares en ventas anuales.

Pero detrás de esta marca que a todos nos parece familiar se esconde una de las tramas más complejas de Wall Street. Es una historia que comienza en el siglo XIX con carretas de caballos y rábano, y que en el siglo XXI se convirtió en un campo de batalla entre la eficiencia financiera y la lealtad del consumidor.

En 2015, cuando Warren Buffett y el fondo 3G Capital orquestaron su megafusión, prometieron crear un coloso imbatible. Sin embargo, para 2019, la empresa sufrió un desplome histórico que borró miles de millones de dólares en valor de mercado. Hoy en The Story, te contamos cómo pasaron de ser los reyes de la industria a tener que reinventarse por completo, enfrentándose a un dilema existencial: dividirse para sobrevivir o apostar cientos de millones de dólares para mantenerse unidos.

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La historia de Heinz: El niño del huerto y el rey del Ketchup 

La historia de Heinz es, también, una lección de resiliencia. Para entender al hombre que conquistó el mundo, hay que mirar al niño de seis años que caminaba por los huertos de Pensilvania. A esa edad, mientras otros niños jugaban, Henry ya estaba trabajando. Ayudaba a su madre, Anna Margaretha, a cultivar el pequeño huerto familiar, aprendiendo de ella el respeto por la tierra y los frutos que nos regala. Lo que empezó con un niño cargando canastas de verduras, se convirtió en un joven emprendedor que recorría el vecindario con un carreta vendiendo el excedente de la cosecha de su madre.

Para Henry trabajar nunca fue solo por dinero, era una extensión de los valores que aprendió en casa. A los 25 años, esa educación se materializó en su primera empresa, Heinz, Noble & Company, en la que vendía rábano picante. Henry tenía una obsesión que lo separaba del resto de las tiendas de alimentos: la honestidad. En una época en la que la comida procesada se ocultaba en latas o botellas para disfrazar ingredientes en mal estado, insistió en vender sus productos en botellas de vidrio transparente. Quería que cada cliente pueda ver desde el inicio que lo que estaba comprando era real y puro.

En diciembre de 1875, una crisis financiera nacional lo llevó a una bancarrota. El hombre que había construido su reputación sobre la confianza se encontró, de la noche a la mañana, debiéndole dinero a sus amigos y proveedores. El golpe fue devastador. Henry cayó en una depresión tan profunda que pasó todo ese mes de diciembre en la cama, incapaz de levantarse. Sentía que no solo había fallado como empresario, sino como hijo y como hombre.  Ahí volvieron a aparecer las lecciones del huerto: el fracaso, al igual que una mala cosecha, no era el fin, sino una preparación para la siguiente siembra.

Meses después, con un préstamo y una fe inquebrantable, fundó una nueva compañía. Y en 1876, lanzó el producto que se convertiría en el estándar mundial: Heinz Tomato Ketchup. Henry aplicó a este nuevo producto el genio que lo caracterizaba. Inventó el eslogan “57 Varieties” un día cualquiera mientras viajaba en un tren en Nueva York. Vio un anuncio de “21 estilos de zapatos” y le fascinó la fuerza de un número impar y específico. Aunque ya producía más de 60 variedades, eligió el 57 porque le parecía especial.

Además, estableció un control de calidad que parecía ciencia ficción: su ketchup debía de tener tal densidad que solo podía salir de la botella a una velocidad exacta de 0.028 millas por hora. Si corría más rápido, significaba que no era digno de llevar su apellido. Cuando murió en 1919, Henry había construido una fábrica con una cultura en la que sus empleados tenían gimnasio, espacios al aire libre y clases de piano, convencido de que la nobleza de un producto empezaba por la nobleza de quien lo preparaba.

 

Kraft: el queso favorito 

Para James L. Kraft, el éxito no llegó después de un fracaso humillante en las calles de Chicago. James era empleado en una empresa de quesos que, durante un viaje de negocios en 1903, fue abandonado a su suerte por sus socios, dejándolo solo y sin un centavo en una ciudad desconocida. Con solo 65 dólares en en la bolsa y descepcionado por lo que había decidido, se negó a rendirse. Rentó una carreta, un caballo llamado “Paddy” y comenzó a comprar queso al mayoreo todas las mañana para repartirlo personalmente en las tiendas locales.

Muy pronto James se dio cuenta de que su negocio era una carrera contra el reloj. En los calurosos veranos de Illinois, el queso era un producto traicionero que se arruinaba en cuestión de horas, y veía con frustración cómo sus ganancias se derretían, literalmente, bajo el sol. Esto lo llevó a una búsqueda científica que empezó en su propia cocina, intentando “domar” el producto hasta que en 1916 logró patentar el queso procesado. Al esterilizar y emulsionar el lácteo, creó algo que parecía magia en aquella época: un queso que podía viajar miles de kilómetros sin refrigeración.

Este invento transformó a Kraft en un activo estratégico para la historia mundial. Durante la Primera Guerra Mundial, el ejército de los Estados Unidos vio en su queso la solución perfecta para alimentar a las tropas en Europa y compraron más de 2,700 toneladas de producto. Años después, durante la Gran Depresión de 1937, la empresa lanzó su famoso mac and cheese por solo 19 centavos de dólar. Era un platillo fácil de preparar y barato para un país en crisis, lograron vender 8 millones de cajas en su primer año. 

Así, mientras Heinz se consolidaba como la tradición del huerto, Kraft se convirtió en el símbolo de la eficiencia industrial, absorbiendo marcas icónicas como Oscar Mayer y Philadelphia hasta convertirse en un coloso que, inevitablemente, atrajo la mirada de Wall Street.

 

¿Macarrón con ketchup? La fusión

Durante décadas, Kraft y Heinz habitaron en la mayoría de las despensas de Estados Unidos y muchísimas del mundo, pero para 2015 el panorama del consumo estaba cambiando. El público empezaba a buscar opciones más frescas, y el whitelabel de los supermercados estaban empezando a ganar terreno. En este escenario, aparecieron los arquitectos de una de las uniones más ambiciosas de la historia: Warren Buffett y el fondo brasileño 3G Capital.

La idea en papel era perfecta: unir a la marca líder en condimentos con la marca líder de abarrotes crearía un gigante con ventas anuales de 28,000 millones de dólares. Buffett aportaba el capital y la reputación, mientras que 3G aplicaba su famosa receta de gestión: el presupuesto base cero. Esta estrategia obligaba a cada departamento a justificar cada dólar de gasto cada año. Si no demostrabas un retorno inmediato, el presupuesto asignado disminuía.

Al principio, Wall Street celebró el aumento de los márgenes de utilidades, pero la eficiencia extrema empezó a asfixiar la innovación y el marketing. La empresa se concentró tanto en ahorrar que olvidó que el consumidor estaba evolucionando. La crisis estalló en febrero de 2019, cuando Kraft Heinz admitió que sus marcas valían 15,400 millones de dólares menos de lo calculado. Las acciones se desplomaron un 27% en un día y el propio Buffett reconoció más tarde que la escala, por sí sola, no era la respuesta en un mundo que ya no solo buscaba comida procesada.

¿Separarse para sobrevivir? 

Tras años de intentar que la fusión funcionara, Kraft Heinz llegó a una conclusión dolorosa. Así, en septiembre de 2024, la empresa sacudió al mercado al anunciar que planeaba dividirse en dos compañías independientes.  Por un lado, nacería una empresa global de “Elevación del sabor”, con Heinz, Philadelphia y el icónico Mac & Cheese a la cabeza, enfocada en expandirse por todo el mundo. Por otro, una empresa de “Abarrotes de Norteamérica”, encargada de marcas como Oscar Mayer y las rebanadas de queso Kraft, cuyo objetivo sería optimizar el flujo de caja en un mercado maduro. El propio Carlos Abrams-Rivera, entonces CEO, lo admitió con una frase: “la escala por sí sola no es la respuesta”.

Sin embargo, esta historia nos tenía reservado un último giro de guion. En enero de 2026, Steve Cahillane asumió el mando como nuevo CEO y, apenas unas semanas después, puso un freno de mano a la división. Tras analizar profundamente la operación, Cahillane declaró que las oportunidades de crecimiento dentro de la estructura actual eran mucho mayores de lo que se pensaba y que los problemas eran, en su mayoría, “solucionables”.

En lugar de gastar energía y cientos de millones de dólares en separar logísticas, sistemas de tecnología desarrollados con Google y Microsoft, y centros de distribución compartidos, Cahillane ha decidido apostar por una reinvención interna. Su plan para 2027 es invertir masivamente en marketing y desarrollo de productos para que las marcas vuelvan a brillar por su calidad, no solo por su precio. Es una apuesta audaz que dice que la familia de marcas que Henry y James fundaron hace más de un siglo todavía tiene su mejor época por delante, siempre y cuando se les devuelva el alma que los recortes les quitaron.

 

Lecciones del imperio 

La trayectoria de Kraft Heinz es un recordatorio de que incluso los imperios más sólidos pueden olvidar su esencia en busca de la eficiencia. La fusión de 2015, impulsada por Warren Buffett y 3G Capital, intentó aplicar una ingeniería financiera implacable a marcas que nacieron de la obsesión por la calidad de Henry Heinz y James Kraft. Sin embargo, al priorizar los recortes sobre la innovación, la empresa descubrió que la lealtad del consumidor no es una renta perpetua; cuando dejas de alimentar el valor de una marca, esta comienza a marchitarse, como lo demostró el desplome financiero de 2019.

Hoy, la compañía se encuentra en un punto de inflexión fascinante. Tras anunciar un plan para dividirse en dos empresas independientes para ganar agilidad, el nuevo liderazgo de 2026 ha decidido frenar el “split” y apostar por una reinvención interna. Esta decisión marca el regreso a las bases: reconocer que el tamaño sin enfoque es una carga, pero que la escala, si se combina con una inversión masiva en el producto, sigue siendo una herramienta poderosa. La lección final para cualquier inversor es que el éxito a largo plazo no está en los libros de contabilidad, sino en la capacidad de adaptarse sin perder el alma que hizo a la marca indispensable en la alacena.

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